Última cena

Un escaso haz de luz crepuscular se filtra por la ventana. No puedo evitar fruncir el ceño al mirar la pared tintada de dorado, mi irritación es aún mayor cuando veo la hora en mi celular. ¡No son ni las 6 de la tarde! En dos zancadas cruzo la escasa distancia hacia la ventana para abrirla y asomar mi cabeza para afuera. Así, apoyado sobre el marco y con medio cuerpo inclinado hacia el vacío; intento mirar las pequeñas porciones del panorama que no están dominadas por las grisáceas moles que componen el complejo de viviendas en que vivo, sin dejarme amedrentar por la vertiginosa caída de 40 pisos que se precipita bajo la única ventana de mi monoambiente.

Con el cuerpo hacia afuera, siendo bañado por los últimos rayos de luz que lograban sortear las imponentes figuras de los edificios vecinos, medito cuanto me carga el invierno. Odio que anochezca temprano y haga frío de mañana, tarde y noche; me desagrada profundamente que el cielo pase mayoritariamente coloreado de un cancerígeno plomo, coloración que atribuyo a la mezcla del blanco de las nubes invernales y el negro del smog santiaguino. A pesar de que nunca he sido admirador de la lluvia, pues me parece sumamente molesto el mojarme, reconozco que es agradable respirar ese frío y limpio aire que refresca el alma; que se despeje el cielo prendido de un azul brillante, al mismo tiempo que aquí, en nuestra altura, todas las cosas parecen verse en alta definición. También siempre es impresionante que la cordillera aparezca en el horizonte vestida de magnífico blanco. El problema es que este invierno, como muchos otros anteriores, apenas ha tenido lluvias y las que ha habido no dejan de ser insignificantes lloviznas, que lo único que hacen es mojar y hacer decender la temperatura ambiental.

Me apesta esta temporada, pero más me apesta donde estoy viviendo. Particularmente me jode la vista que hay desde mi ventana, elemento que nunca considere importante hasta que llegue a vivir en este confinado espacio. Y es que justo enfrente de mí hay una mega edificación igual de grande y fea que la mía. En tanto los rojizos y amarillos tonos del ocaso van dando lugar al oscuro nocturno se me ocurre pensar que dentro de todo; la posición de mi departamento, en general, es privilegiada comparada con otros. Al final, como vivo en uno de los 3 pisos más altos, y estoy orientado al noroeste, dispongo de una significativa proporción para ver del paisaje, diferente al bloque de enfrente. No es que tenga la mejor perspectiva, y no vea la construcción aledaña. Pero; como solo hay dos pisos más arriba de mí tengo un mayor rango de visión del cielo que, por ejemplo, alguien que está en el piso 2 y solo puede ver 40 pisos de departamentos hacia arriba. Además de que; como mi departamento está empotrado en el lado suroeste, en una pequeña cara que sobresale lateralmente de la larga superficie principal de departamentos (la construcción parece una "I" apuntando al norte), la panorámica, por medio de sus costados, ofrece algo más que la cara del edificio adyacente que deben de ver los hogares que están insertos en el área principal.

Tengo una privilegiada posición para ver el paso de la tarde en noche. Puedo ver sin mucho esfuerzo como el cielo arriba mío se transforma de ese dorado con vetas de rosa a ese manto de sombra. Aunque, no pueda ver como el sol desaparece por el horizonte, alcanzo a hacerme una idea de donde se pone siguiendo las estelas de cálidos colores que se marcan por la periferia de mi campo visual y convergen en un punto más allá, detrás de la voluminosa obra urbana. Considero, sentado en el cuadro de la ventana, que soy privilegiado y la boca se me tuerce en una mueca apretada. Y casi como si me lo dijera a mí mismo, al segundo siguiente, pienso que a pesar de que es verdad que tengo una bonita visión, comparada con la de la mayoría de mi vecindad, también es cierto que esta no es agradable y ninguna de las dos situaciones son responsabilidad mía. La vista tiene algo más que el hacinamiento urbano y eso es lindo y por reconocerlo no debiera de sentirme culpable, bastantes problemas tengo ya como para achacarme injusticias que no me corresponden.

Por esto es que me he empezado a ver como una extraña especie de planta. Aquí sentado y con medio torso saliendo al sol me siento como los tallos y las hojas que se orientan hacia fuera de las terrazas buscando la luz. Quizás soy una flor de atardecer que necesita la específica luz crepuscular, así como algunas variedades de magnolias y orquídeas necesitan la luz lunar, para florecer. Creo que con esta luminosidad hago un tipo especifico de fotosíntesis espiritual. En vez de tomar agua y dióxido de carbono para transmutar en  glucosa y botar oxigeno, tomo la panorámica y mis sensaciones para transmutar mis pensamientos y destilar mi dolor.

Una helada corriente de viento surge de la nada, pasa al rededor de mi cuerpo y entra por la apertura en la que estoy sentado hacia mi casa. Al mismo tiempo miro hacía arriba y veo que el cielo cada vez está más negro. Ya ni rastro queda de la coloreada puesta de sol. Me pregunto si la vista que tendrá mi madre será mejor que la mía... porqué tiene ventanas... ¿no? Arrugo el rostro mientras sacudo mi cabeza de lado a lado para sacarme esas ideas y culpas de encima. Ya no sirve de nada preguntarse si hice bien o mal, la decisión ya está tomada. Descolgándome del marco y entrando de nuevo mi cuerpo a la pieza, con mi cabeza gacha, sonrío cansinamente al escuchar como rumio estas ideas. En realidad "el daño ya está hecho" y solo queda "afrontar las consecuencias", sin importar si fue "bueno" o "malo", porqué al menos me queda el consuelo de saber que tome "la opción correcta" e hice todo "cuanto pude, lo mejor que pude".

Me doy la vuelta, ya incorporado, y miro la pieza en penumbra, cada vez más lúgubre a medida que la noche avanza en el cielo y la oscuridad entra por la ventana. Es un espacio limitado que logra combinar en un solo lugar cocina, sala de estar, comedor y dormitorio; "ideal para el soltero moderno desapegado de los lujos y preocupado por el presupuesto..." o algo así dijo el arrendador. Lo único diferente en estos 17 metros cuadrados es el pequeño pasillo que se forma en la entrada del departamento y que conduce con escasos pasos a la bifurcación que termina o en el estrecho baño que hay frente a la puerta o en la pieza en la que me encuentro. Es ahí donde está mi lugar favorito de esta vivienda; tras la puerta de entrada y en el sombrío corredor que hay antes de llegar a la bifurcación de la sala o la puerta del baño. 

Es ese rincón, apenas iluminado por la rendija de luz que entra por el resquicio inferior de la puerta, al que me dirijo. Pienso que ejerce una extraña atracción en mí, atracción que se comenzó a manifestar 3 días después de que arrendé, el primer día que llegue a dormir a este espacio. Era un día de abril que en apariencia se veía como cualquier otro; un día otoñal ni particularmente caluroso ni particularmente helado, pero sí, de mucha ventisca, de esa que desprende las hojas de colores cálidos, secos y muertos de las copas de los arboles. Había ido a ver a mi madre al asilo psiquiátrico para el adulto mayor en donde hace poco la había internado y también había ido a buscar las ultimas cosas que debía llevarme de la casa en la que habíamos vivido. Abrí por primera vez la puerta convertida en la portada de mi nuevo hogar y vi la tenue claridad que habitaba en la bifurcación del pasillo; una luminosidad leve y fría, venida seguramente de la iluminación urbana que entraba por la ventana de la pieza, y descansaba en la pared del pasillo y la puerta del baño. No sé porqué esa visión me afecto tanto, pero quede tan sorprendido que la puerta se cerro sola de un portazo tras de mí y, antes de darme cuenta, me había dado vuelta para evitar ver esa horripilante luz blanquecina. 

De cara a la intersección de 3 planos, mirando el vértice donde convergen la puerta, la pared y el techo, me puse a llorar como no lloraba desde que tenía 8 años. Cuando me di cuenta que tenían, los otros niños, un papá y una mamá y que estos me molestaban porque para ellos, los niños, no era normal vivir en la casa de la abuela y que fuera esta quien viniera a todas las actividades familiares porqué la madre estaba todo el día trabajando. Lloré a lágrima viva, sin embargo, no me convulsioné ni me ahogué. La única brecha en mi compostura fue la contorsión que me desencajaba el rostro. Se me fruncía el ceño, entornaba los ojos, apretaba la mandíbula, abría los labios y rechinaba los dientes. Veía sin ver ese punto sobre mi cabeza, como si en la unión de los muros pudiera proyectar unas rectas infinitas que se adentraran hacía el vacío sin forma, hacía mis recuerdos.

Recordaba las conversaciones que había tenido con mis tíos las semanas previas a la mudanza. Imposibles de olvidar pues fueron conversaciones muy desagradables para mi época favorita del año, el verano. De los 2, Luis fue el que me pareció más hipócrita. Él estaba indignado con la decisión que había tomado. No puso mucho impedimento para evitar que su hermana terminara "encerrada" en un manicomio, pero, me acusó de ser un mal hijo y un desagradecido y me dijo que un "hombre de verdad" cuidaría a su familia. Por supuesto que me restregó su ejemplo, de cómo ni él ni su hermano permitieron nunca que mi madre internara a la suya, no solo por el supuesto perjuicio económico que eso hubiese supuesto a los presupuestos familiares sino también por lo vergonzoso que sería "botar a la propia madre en el loquero". Claro que para él era fácil decir eso, se marchó a los 19 años de casa y nunca más se volvió a preocupar de su mamá recientemente enviudada. Por la casa solo aparecía cuando mi abuela o mi madre organizaban reuniones familiares (mis cumpleaños, aniversarios o algún domingo) achacadas por la culpa y la nostalgia de la familia feliz. Que yo sepa nunca aportó ni siquiera para comprarle los remedios a mi abuela y la única vez que desembolso algo de dinero por ella fue para su funeral, después de que la cuenta hospitalaria fuera pagada, y exigió que se dividiera en 3 partes el coste del entierro. Mi tío Hernán tampoco fue de gran ayuda. A sus 22 años no solo se marchó de casa para nunca más volverse a preocupar de su mamá recién enviudada, sino que, puso un continente entero de por medio para asegurarse una buena excusa por no poder verla.

Ahora, en cambio, no pensaba en eso. Parado frente al rincón mirando a la nada planeo la larga noche que tengo por delante y en cómo voy a hacer caber en ese cuarto de mierda de allá atrás a los 12 amigos que había invitado para cenar esta noche. La verdad es que yo preferiría no vivir aquí o por lo menos tener un lugar igual de íntimo que el hogar, pero, más acogedor que este departamento para hacer la confesión tan desgarradora que quiero hacer hoy. 

Sin embargo, no puedo eternizarme en este rincón pensando en cómo va a pasar si aún faltan por terminar hartas cosas antes de que los comensales lleguen. Si quiero que algo suceda, algo como un único momento de control en la larga seguidilla de caóticas y angustiantes causalidades que es la vida, tengo que poner manos a la obra, aunque, solo sea para obtener un breve momento de justificación, de explicación. Que espero que sirva para darme la oportunidad de darles la opción de elegir si quieren seguir siendo mis amigos o no. 

Con un suspiro me doy la vuelta y vuelvo hacia la sala. De nuevo en la encimera, en el mesón que está al costado opuesto de la cocina, retomo el cuchillo ancho y plateado con el que estaba cortando las verduras para saltear en salsa roja. Cortes verticales seguidos de cortes horizontales, lo más delgado posible, para luego pasar velozmente el cuchillo como martillo. Reduciendo las ya diminutas cuadraturas de verduras en un difuso polvo apelmazado en el propio jugo del vegetal que se va soltando golpe tras golpe. Al hacer esto paso la vista por la estancia. En el centro de esta yace la mesa que había improvisado con unos maceteros llenos de tierra sobre los cuales había colocado una plancha de madera prensada. No era la mesa más refinada, pero, con unas sabanas y toallas que servían de mantel se veía lo suficientemente llamativa. Además, a pesar de que no podrían sentarse a comer todos al mismo tiempo encima de ella, era un buen centro de reunión en el cual dejar los platos, la comida, los vasos y las botellas. Al dejar caer el picadillo de cebolla, ají y pimentón en la pulpa de tomate; considero que en cualquier caso sería sumamente incomodo sentarse a comer en un mueble que no alcanza a pasar los 30 cm de alto.

Al lado de la sartén para la salsa roja está la apagada olla de la salsa blanca. La salsa de blanca no tiene mucho, es de un color amarillo-café suave y por arriba presenta una costra mucho más concentrada en esta tonalidad. Definitivamente la apariencia de puré es producto del enfriamiento que le dio mientras perdía el tiempo deleitándome con las visiones de la ventana y el rincón. En cualquier caso de sabor no está mala; tiene ese toque ahumado de la harina tostada, endulzada con la corteza de canela y el rallado de nuez moscada y solo ligeramente sazonado con un poco de café molido y cáscara de limón rallado. Al ver las partículas de pimienta negra incrustadas en la endurecida capa superficial me acuerdo que mi madre tenía un don especial para evitar que se le formaran grumos. Ella siempre me decía que tenía que dejar este tipo de cocimientos para el final, justo antes de empezar a servir, ya que, siempre la harina cocida con cualquier tipo de grasa derretida iba a generar algún tipo de recubrimiento de nata. Pero, si pasaba, se podía solucionar calentándola de nuevo, revolviendo bien y agregándole más leche justo antes de servir.

Pobre mujer o tal vez desgraciada infeliz. Si es que eso suena menos victimizante. Sabía tantos trucos de la vida como, por ejemplo, tostar el pan de una forma perfecta, consolar a un niño en llanto, hacer cundir las bolsitas de té y calmar el delirio paranoide de una anciana enferma. Y sin embargo, nunca pudo acallar o despedir a esos dos bastardos, psicológicamente incapaces de guardar su opinión por un minuto entero, y aún así, patológicamente incapaces de actuar propositivamente en torno a sus críticas. Por ellos es que se deterioro tan rápido. Por ellos y por el dolor. Habíamos recién enterrado los cuerpos, no alcanzamos a terminar un luto cuando empezó el otro, y ya estaban pinchando. Presionando aquí y allá para vender la casa donde se habían criado; dónde había habitado la risa y el llanto de una familia, los gritos y golpes de una hermandad, las alucinaciones y desilusiones de una madre. 2 años estuvieron tramitando la venta, amenazando con juicio, ofreciendo plata sobre y debajo de la mesa, llamando a jueces partidores y abogados, etc. Nunca entendí por qué alguien que recibiera un sueldo no menor en una moneda de alto valor internacional estaría tan interesado en conseguir la tercera parte de la venta de una pequeña casa en Chile. De Luis puedo entenderlo, ese efectivo le daría para pagar el pie inicial de la matricula del colegio tradicional privado en el cual ansiaba meter a su hijo. Abriéndose así el circulo en el cual aspiraba a entrar desde que su carrera había despegado como terapeuta transpersonal.

Con todo esto en mente no me di cuenta en que momento salte de la cocina de vuelta al mesón. Donde estoy machacando hojas de acelga, perejil, ajo y espinaca en el mortero con una fuerza inusitada para hacer pesto. Detengo la automática acción dejando la pasta en el mortero. Antes de que este termine de ponerse sobre el mesón ya estoy yo dado vuelta. Sin mucha atención, pero con harto apuro, agrego y revuelvo el último toque de albahaca y orégano a la salsa roja. Nuevamente me doy la vuelta, ahora dándole la espalda a la cocina, y nuevamente cruzo la sala, ahora en dirección al baño. A ojos cerrados entro apresuradamente al cuarto para sentarme en el inodoro y llevar ambas manos a mi cabeza. Con los puños cerrados me presiono y golpeo las sienes, mientras encorvo la espada para empezar un movimiento bamboleante hacia adelante y hacia atrás. Cuánto tiempo estaré así es difícil de decir. Podrían ser minutos, horas o segundos. El tiempo que necesite para calmarme.

Después de ese arrebato. Ya más tranquilo me levanto para pararme al frente del espejo. Desconozco a la persona que sale reflejada en su superficie mirándome. La extenuada placidez que se refleja en mi rostro hace resaltar rasgos que he ido cultivando este último tiempo. Los ojos enterrados en hinchadas y oscuras ojeras parecerían muertos si no fuera por el ensangrentado resplandor de las escleróticas. Esa coloración rojiza en esas hundidas cavidades me confieren la mirada de un hombre enfermo. Enfermo no loco, esta no es la mirada de un hombre loco y... quizás nunca la sea. El pelo enredado en sí mismo parece una maraña grasienta y sin brillo, en donde lo que antes eran rulos, ahora aparece en la forma de nudos ciegos que se esfuerzan en ahorcar los mechones de pelo. Paso mi mano por mis pómulos y mejillas, que se sienten rasposas. La piel se ve moteada irregularmente, de rojo y negro, por la barba de semana y media que ha ido creciendo, tiesa y picosa, como si fueran alambres de fierro que se han oxidado parcialmente por el abandono a la intemperie.

Me mojo la cara para despabilarme un poco. Al ver gotear las gotas de agua por mi barbilla caigo en la cuenta de que esta es la primera vez en 3 días que veía mi cara en un espejo o al menos la primera vez que la veo tan detenidamente. Me pregunto porqué no me sorprende más esta revelación o porqué me inquieta más el percatarme de la suciedad del baño que del descuido de mi propia imagen. Con resignación me agacho para abrir el vanitorio y sacar los distintos útiles de aseo que voy a necesitar. Limpiavidrios, Cif crema, cloro gel, un trapo y 3 paños. Todos ellos los voy dejando en la tapa del tanque del inodoro. La escoba, guardada dentro del closet que hay en la misma pared de mi rincón favorito, es el único implemento que requiere volver a abrir la puerta para traerlo aquí, aunque, no implica mucho esfuerzo. El closet está pegado a la puerta del baño en tanto que el rincón está al otro extremo del pasillo pegado a la puerta de entrada. Mirando hacia los útiles de aseo abro la puerta del baño, con la vista clavada en el piso abro la puerta del closet y con la cara pegada a la puerta del closet abierta me agacho y saco la escoba. Rápidamente entro de vuelta al baño poniendo harto cuidado en no volver a ver la atrayente esquina.

De nuevo adentro agarro uno de los paños y el limpiavidrios para quitar las manchas de pasta dental que se salpican en el espejo al lavarme los dientes. Traslado momentáneamente las escasas cosas de la encimera del lavamanos a la tapa de la taza del inodoro para poder pasar el otro paño por esta superficie. Llevo todos los pelos, mugre y agua atrapada al lavamanos. El lavamanos lleno de trozos de pasta dental seca, flema fosilizada y mugre vuelve a ser blanco al pasar el mismo paño con Cif crema. Ordenado y limpiado el lavamanos concentro mi atención en el inodoro. Con el último paño, untado en cloro gel, desinfecto la tapa de la taza del inodoro por dentro, fuera, arriba y abajo. Poniendo un último chorro de cloro gel en la taza misma de este friego y refriego con la escobilla de baño el interior mismo de la taza. Tiro la cadena, barro el piso, con el trapo y más cloro gel trapeó y desinfecto el piso de cerámica. Al final el baño está reluciente, ordenado y limpio. Lavo y enjuago bien mis manos. Pasando jabón líquido, espuma y agua por mis palmas, las muñecas, los dorso, los dedos, entre los dedos y los nudillos. Cantando 3 veces el cumpleaños feliz y por 3 minutos.

Terminado todo esto mis manos quedan resecas, blancas y agrietadas. Excelente, pienso, otra parte más de mi cuerpo mal cuidada y antiestética. Pero por lo menos sé que están limpias. Las llevo a mi nariz y huelen a jabón y desinfectante químico. Al bajar las manos, de vuelta en la pieza, me doy cuenta de que la salsa roja se cocino más tiempo del que debía. Formándose así una especie de cuajo de pulpa de verduras sofritas. Un cuajo seco y delicioso sin duda, pero, sin el jugo que sudan las verduras se ha perdido gran parte del la gracia del alimento. Es como cuando se cierra una herida; definitivamente la cicatriz tiene algo bello y exótico, en tanto marca la piel con una historia única y propia, mas, la herida sangrante misma tiene algo sensual y sugerente en el goteo escarlata que se escapa por el daño hecho. Así paso con la salsa, ahora es un montón de verduras coaguladas en sabor sin el suculento líquido que facilite el que baje por la garganta. Por suerte no es algo que no me haya pasado antes y sé que lo puedo arreglar mezclando la salsa de tomate en sobre. Sonrío al recordar tristemente que las veces que me he regaloneado, en esta casa, con una salsa, así de aplicada, igual le he terminado poniendo salsa en sobre para hacerla rendir.

Al abrir el sobre de la salsa e ir mezclándolo con la pulpa se me ocurre que a pesar de que a veces me puedo mandar cagadas también puedo arreglarlas. Y aunque me puedan llegar a anegar y sobrepasar los conflictos, momentáneamente, estoy dispuesto al "diálogo" para buscar soluciones. Ojala me pudieras ver ahora Catalina, todo un adulto funcional enfrentando maduramente los problemas.

Al retomar el pesto recuerdo a mi abuela. Ella tenia una frase que siempre decía al ponerse a hacer esta salsa. Era parecido a "una mente clara produce verdor mágico, pero una mente turbia hará únicamente un desastre". En un bol voy juntando la molienda de acelga, perejil, ajo y espinaca con el puré de alcachofa. Luego, muy lentamente, comienzo a aplicar un chorro de aceite de oliva. No es ni mucho aceite lo que echo, ni poco el cuidado con el que empiezo a batir.

Mi abuela fue de muchas formas una madre para mí. Por causa de un padre ausente y a falta de una madre que pasará más de 12 horas diarias en la casa, se termino transformando en algo así como mi segunda mamá. La teoría era que mi abuela se hiciera cargo de mi hermana y de mí cuando mi madre estuviera fuera trabajando. Al principio funcionaba bien, mi abuela nos cuidaba y teníamos un especial cariño hacia ella. Incluso mi hermana, cuando empezó ha hablar, le decía mamá a ella. No obstante, a medida que fuimos creciendo la condición de mi abuela fue degenerándose. Fue sutil, ni mi hermana ni yo nos dimos cuenta, hasta que tuvimos que hacernos cargo de ella. Partió con cambios de humor leves que se fueron transformando lentamente en arrebatos cada vez más violentos. Para el final de su vida paseaba errática por la casa 15 horas al día, a veces, al pillarla en sus paseos aleatorios saludaba con mucha calma y hablaba dejando la sensación de que simplemente no estaba entendiendo mucho de lo que sucedía a su alrededor; otras veces, al pillarte ella a ti, te gritaba incoherencias con mucha ira. 

No estoy muy seguro a qué le gritaba en esos momentos. Tal vez a sí misma o a su propia madre, mi bisabuela, sé que ella nunca se perdono por dejar a su madre en un hogar de ancianos. Para mí siempre fue evidente que mi bisabuela necesitaba de cuidado y atención permanente, algo que no podía darle mi abuela, pues incluso en mis más tempranas memorias mi bisabuela aparece como una persona que se llevaba. Nunca la conocí como móvil independiente. Siempre iba prendada del brazo de mi abuela en una mano y su largo bastón caoba en la otra para poder caminar, a paso muy lento y en distancias extremadamente cortas. Si le faltaba cualquiera de las dos se quedaba invalida. Curiosamente solo dejaba a su hija, mi abuela, que la ayudara a moverse. Nunca supe porqué, pero supongo que se debía a que ya no recordaba a nadie. La senilidad la carcomió rápido, nunca tuvo episodios particularmente violentos o de ira como mi abuela. Simplemente su memoria empezó a desvanecerse; te hablaba sin escuchar, porque no era capaz de recordar quien eras, aunque, te lo preguntara 10 veces en una conversación. Al final de su vida, a una muy temprana edad de la mía, era más un ente espectral que un ser humano. Su pelo blanco, ralo y delgado hacia juego con las espesas  nieblas que eran las cataratas de sus ojos. Ya completamente incapaz de moverse, pasaba horas sentada frente a un televisor viendo programas de Chespirito y películas de Cantinflas con el hilo de baba cayéndole por la comisura de los labios hacia el salpicado rostro de manchas etarias.

Recuerdo a mi abuela haciendo la salsa verde. "El aceite es receptivo y siente a quien lo hace" solía decir. Creo que por eso no me logra quedar el pesto como una pasta uniforme. Porque no logro unir del todo estos retazos de historia familiar, ligados entre sí, con mi historia personal. Lo que tengo ante mí son un montón de cuajos indecentes interconectados entre sí por una viscosa baba de color verde amarillento. No hay remedio, pienso, tendré que vivir con ello. Espero que al ponerlo con los tallarines pase piola.

Miro la hora nuevamente en mi celular. ¿En que momento paso tanto tiempo? Faltaba poco menos de media hora para las 9. Que es cuando llegarían mis invitados. Al menos ya no queda mucho más que hacer, solo cocer los tallarines. Despejo el espacio de los quemadores de las salsas roja y blanca que ya están listas, para poder hacer espacio a la olla grande donde vierto el agua hirviendo y los 3 sobres de fideos para su cocción. Le echo un chorro de aceite y con el cucharon para servirlos los revuelvo para evitar que se peguen. Ya solo falta esperar a que estén listos para colarlos. Me doy la vuelta para ver la pieza de nuevo. La mesa improvisada con maceteros y el colchón sobre los palets de madera que uso a modo de somier son los únicos muebles que adornan el lugar. Estos dos junto con el polvo y pelusa que se juntan en sus costados son mis únicas posesiones. El suspiro que se me escapa de los labios es la única reacción que tengo al percatarme de esto. Vuelvo nuevamente a sacar la escoba del closet y el trapo y el cloro gel del baño.

Hay algo relajante en hacer aseo. Quizás sea el monótono movimiento de la escoba, que marca un rítmico compás: adelante y abajo, atrás y arriba. Llenando con el ruido del roce de las cerdas al mover la suciedad del suelo de esta pieza muda de nostalgia. O tal vez sea porque la limpieza es un ejercicio de control y voluntad, ambas tan escasas hoy en día. Al final el limpiar es solo una forma de poner cierto orden en un aspecto de mi vida; la cual se me aparece como voluble e ingobernable, como el agua que se escurre entre los dedos. El agua escurre lejos, como se ha escurrido el control de mi vida ahora ultimo, lejos de mí. La tierra que barro en cambio se mueve en sentido contrario, viene hacia mí, todo lo inmundo viene hacia mí, o bueno, casi todo. Al ir realizando movimientos de abanico arrastro con la escoba la tierra hacia la pala que tengo delante; excepto por aquellas partículas que logran fluir por entre los pelos de su cepillo, que se niegan a subir por la rampa de la pala y terminan flotando, como polvo levantado por la corriente de viento generada por mi movimiento, diluyéndose en el aire decantándose nuevamente en las esquinas, nuevamente como mugre. Que imposible más grande que dejar bien limpio una cosa, que mantener el agua entre las manos, que elegir un propio camino. 

Me parece ahora una insoportable mentira la idea de que "el hombre se hace a si mismo" y que este es "dueño de su destino". ¿No lo probaron ya hace tantos años atrás, los griegos con tanta tragedia, que enfrentar el destino es inevitable? ¿Siglos y milenios de tradición filosófica no han escrito ya lo suficiente para argumentar que los dioses, el destino, la vida o cómo quiera llamarse es cruel, tortuosa y carente de sentido? Al final son quienes insisten en vendernos el final de cuento de hadas: la mentira del mundo de amor y paz y de ríos de leche y miel después del trabajo, revolucionario o enajenado, quienes están locos. Criminalmente locos: los terapeutas, los religiosos, los políticos y filántropos; a esa gente se les debiera encarcelar y anomalizar. Los jóvenes que ceden a la presión y asesinan en masa, como tanto tirador secundario en USA, debieran caminar como héroes entre nosotros; los maníacos depresivos y agresivos debieran estar en grandes seminarios dando cátedras sobre las relaciones humanas y no apartados en pequeñas y vacías piezas. Los suicidas debiesen ser santos. ¿Pues qué otra cosa más que recompensa deberían tener quienes llevan estoicamente hasta el límite el mandato implícito de esta sociedad neurótica de ser infeliz? Pero claro el mundo es un lugar para nada justo.

A mi memoria viene la vez que con mi hermana vimos a una pitonisa que nos leyó las cartas. Una de las ultimas cosas que hicimos juntos antes de la muerte de mi abuela. La verdad es que no fue una lectura agradable. Ella nos dijo que nuestra familia estaba maldita, que siempre lo había estado y que este mal se había ido traspasando de generación en generación. Como un árbol enfermo de las raíces que termina pudriendo hasta sus hojas. Supongo que por eso mis abuelas, madre y hermana terminaron como terminaron. Nos dijo que la sombra de la locura pesaba sobre las mujeres de nuestra casa y que por esa razón los hombres estaríamos condenados por siempre ha ser desgraciados. Creo que por eso mis tíos son como son: unos desgraciados bastardos; y mis primas tienen los problemas psiquiátricos que tienen: unos ataques de pánico y convulsiones tan fulminantes que cada cierto tiempo borran completamente su memoria.

La cosa es que esa conversación marcó profundamente a mi hermana. La hizo tomar verdadera conciencia de su propia depresión y, a lo mejor, también verse reflejada en la abuela. Imagino que cuando ella murió mi hermana no quiso llegar a deteriorarse de la misma forma. Con mucho valor decidió poner fin a su vida cuanto antes con una dosis letal de alcohol y pastillas para dormir. Nunca volvió a despertar. Después de eso mi madre las siguió cuesta abajo en la locura. Empezó a pasear errática por la casa, hablando sola, olvidando cosas, enojándose y llorando sin motivo. Cuando me dí cuenta que empezó a orinarse encima fue cuando empece a buscar dónde podía internarla, el año pasado, con el escaso presupuesto del que disponía.

De vuelta en mí, me encuentro sentado en el borde del colchón con las manos fuertemente agarradas a la madera de abajo. Que raro, no me fije en que momento termine de barrer y trapear y guarde las cosas para venir a sentarme. Las venas que veo borrosas en mis brazos se me antojan graciosas y me insinúan que tal vez no recuerdo porque ni siquiera vi cómo, cuándo y dónde guarde las cosas. Me restriego la cara con el dorso de la mano para secar la humedad que me baja por las mejillas y aclarar mis ojos. Y veo que la olla de tallarines se está quemando. Corriendo voy, apago el fuego y levanto la tapa para ver que tan mal quedaron... MIERDA. Se me había olvidado sacar el cucharon para servirlos del agua. Al levantarlo veo que el plástico negro del que está hecho se ha medio fundido y ahora los dientes que tenía se han alargado y adelgazado hasta parecer fideos oscuros. Sin siquiera tener tiempo de reaccionar para atajarlos estos se cortan y caen nuevamente al agua con el resto de fideos. Dejando el resto del cucharon de lado agarro la olla y la llevo al colador. Si les logro sacar el agua y enfriarlos tal vez, aun pueda quitarles el plástico negro. Justo cuando estoy removiéndolos en el colador para intentar encontrar las partes negras y quitarlas, aunque más pareciera ser que las esté revolviendo y mezclando, escucho que tocan el timbre.

Con el corazón latiendo a mil por hora, la garganta hecha nudo y un sudor frío recorriendo mi espalda y manos voy a abrir la puerta. Ahí están mis amigos, que llegaron en grupo, todos ellos. Están: Joaquín y Alberto, Andrés, José, Antonio, Max, Pedro, Pablo, Juan, Carlos, Eric e Ignacio. Trago para deshacer el nudo de la garganta y mientras se me humedecen nuevamente los ojos les saludo: "Buena cabros gracias por venir". "Gracias a ti por invitar hermano" responde Juan. Entre abrazos y besos entramos todos al departamento y nos acomodamos como mejor podemos en la reducida sala de estar.

-¿Oye y ya está todo listo para comer o quieres que te ayudemos en algo?- Pregunta Ignacio.

-No, no nada. Ya está todo listo, solo hay que servir- respondí yo.

Con el pecho apretado por lo que estaba haciendo y actuando más de manera automática que verdaderamente consciente terminé de revolver los tallarines, los serví en diversos platos que entregue a mis amigos y coloqué las salsas en la mesa improvisada de centro. Toda esta acción la realice como si fuera un pasajero dentro de mi propio cuerpo. Como si viera desde atrás como mis manos terminaban de revolver los fideos, los repartían en platos, los pasaban a mis amigos y veía como estos elegían entre las distintas opciones con que sazonar el plato; completamente ignorantes que entre medio de los tallerines y bajo las salsas de color blanco, rojo y verde tenían negro y tóxico plástico escondido.

-Ejem. Bueno cabros, en verdad los invite aquí no solo para comer. Quiero compartir algo con ustedes... algo malo que pasó y que hice hace super poco. Como saben últimamente no he estado pasando por un buen momento y aunque eso no es justificación ni nada por el estilo quería contarles que había pasado para que me dieran su opinión y...-

-Oye hueón está huea esta exquisita- me interrumpió Joaquín.

-Esto... gracias. Y em... como les decía me dieran su opinión y no se enterarán por otro lado. Saben ustedes que mi abuela y hermana murieron hace poco y tuve también... después de eso... una pelea con mis tíos por la casa en la que vivía y la situación de mi mamá. Puta... y como digo en verdad eso no justifica nada... creo, pero... solo quizás sirva para entender... he estado con mucha tensión y hasta el hoyo últimamente... y filo. La cosa es que probablemente la Cata me fune. Debiera hacerlo creo yo. Y en verdad no quería pegarle... pero me enojé no sé por qué... y mi mano fue a su cuello... y...-

Detuve mi confesión a mitad de camino al darme cuenta que nadie me estaba escuchando ni prestando la más mínima atención. De hecho no parecen estar atendiendo nada más que la comida que devoraban más como bestias salvajes que como personas. Pedro y Pablo se meten puñado de fideos tras puñado de fideos a la boca e intentan tragar lo más aprisa posible para volver a llenarla. De hecho parece como ver comer a un ganso: sin masticar y solo tragar mediante la relajación de la faringe, con una alta probabilidad de ahogarse en cada comida. Por su parte Alberto y Andrés lamen y sorben los platos dónde les había servido, como si fueran perros, intentando rescatar el sabor restante de la comida en un plato ya vacío.

Max es el primero en darse cuenta que en la coladera aun quedan unos restos de fideos para comer. Rápidamente empuja a José hacia un lado para abrirse paso. Sin embargo; Antonio, Carlos y Eric que también habían terminado sus platos se lanzaron a hacerle un tacle. Entre los 3 lograron botar a la inmensa mole que es Max y tirarlo encima de la mesa, que se rompió y arrojo volando por los aires las fuentes con salsas. Entre tanto Joaquín, que había ido a buscar la coladera con los restos de tallarines, peleaba con Pedro y Pablo para ver quien se terminaba de comer los restos que quedaban. En el forcejeo los tallarines también salen volando cerca de donde se encuentra tirado Eric. Este antes de lograr incorporarse para ir a comer los fideos blancos y negros en el piso, recibe en la cabeza un golpe con el plato que aun tenía en la mano Antonio. El plato se rompe y de la nuca de Eric empieza a brotar sangre, aunque este no se desmaya, y ensangrentado y todo se arroja a comer los tallarines en el piso. 

Entre medio mis otros amigos siguen peleando. Alberto es el primero en agarrar un cuchillo con el que apuñala a Andrés. Un golpe certero en la axila izquierda lo bota al piso inmediatamente. Alberto luego saca el cuchillo y sin vacilar rebana la garganta y cuello de Andrés, dejando su tráquea al aire. Abre su faringe y esófago buscando en ella los restos de tallarines aún no digeridos. José llego por detrás y le enterró un tenedor en el ojo izquierdo. Manchas de salsa, órganos y sangre cubren toda la habitación. Y el depravado acto de canibalismo tiene lugar ante mis ojos mientras mis amigos rebuscaban entre sus cadáveres los restos tragados de tallarines.

Al final solo quedan 3 de mis amigos en pie. Ignacio, que se encontraba rebuscando entre las tripas de Eric a ver si se había dejado algo; Max y Juan que hacían lo mismo con el cuerpo de Carlos. Cuando parecieron estar satisfechos de la autopsia que realizaron se arrojaron entre sí a un feroz combate final. Juan e Ignacio se abalanzaron sobre Max, quien a pesar de ser el más grande, también era el más herido. En esa situación no pudo plantar mucha resistencia a los dos al mismo tiempo. En especial cuando tenía a Juan colgado de su cuello y mordiéndolo como si fuera un vampiro. Al final entre ambos lograron derribar a Max. Ignacio se abalanzo rápidamente y sin pensar a la garganta abierta de Max, lo que le costo la vida, pues Juan, que se había retirado un poco al caer este, se fue encima de Ignacio . Tirándolo de espaldas, se sentó en su pecho ahorcándolo del cuello. En vano Ignacio intento escaparse; le araño los antebrazos y las manos, pataleo, escupió y movió el cuello poniéndose cada vez más morado hasta que termino muerto y con los ojos inyectados en sangre.

Juan se dio un festín con el trofeo de cuerpos caídos. Como buen triunfador hizo uso del botín de guerra como quiso. Rebusco entre las entrañas y vísceras de nuestros amigos, devoro un par de trozos de sus intestinos y lamió la sangre y salsa de las paredes, piso y cuerpos. Al final, cuando estuvo satisfecho, volvió su atención a mí y al plato de tallarines intacto que había mantenido en mis manos mientras se desarrollaba toda la barbarie. Con una mirada febril se acerco a mí lentamente. Con la sangre fresca manchando y chorreando de la cara, boca, manos, pecho y brazos. Llego ante mí y me miro un segundo a los ojos. Los suyos parecen muertos y sin vida, como si no vieran realmente. Luego bajo la mirada hacia el plato que aún sostengo. Automáticamente se lo entregue. Se sentó de piernas cruzadas a comer el plato en el piso llorando. Al terminar cayó muerto, agotado de cansancio o de las múltiples hemorragias que le salían de las heridas abiertas. Por la ventana, afuera bajo el oscurecido cielo, se escucha el mismo ruido de autos y micros al ir y venir. Como cualquier otra noche corriente en Santiago.

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