Última cena
Un escaso haz de luz crepuscular se filtra por la ventana. No puedo evitar fruncir el ceño al mirar la pared tintada de dorado, mi irritación es aún mayor cuando veo la hora en mi celular. ¡No son ni las 6 de la tarde! En dos zancadas cruzo la escasa distancia hacia la ventana para abrirla y asomar mi cabeza para afuera. Así, apoyado sobre el marco y con medio cuerpo inclinado hacia el vacío; intento mirar las pequeñas porciones del panorama que no están dominadas por las grisáceas moles que componen el complejo de viviendas en que vivo, sin dejarme amedrentar por la vertiginosa caída de 40 pisos que se precipita bajo la única ventana de mi monoambiente. Con el cuerpo hacia afuera, siendo bañado por los últimos rayos de luz que lograban sortear las imponentes figuras de los edificios vecinos, medito cuanto me carga el invierno. Odio que anochezca temprano y haga frío de mañana, tarde y noche; me desagrada profundamente que el cielo pase mayoritariamente coloreado de un cancerígeno plo...