La Bacanal
“ese movimiento tenía algo de espasmódico, como de querer liberarse…
se perdió en un vórtice de gentes que lo envolvían y se lo llevaban amontonadamente…
clamando, reclamado, pidiendo algo…
me sentí partícipe mezclado en ese desbordar del entusiasmo…
y cuando estuve a su lado vi que se pasaba la lengua
por los labios, lenta y golosamente se pasaba la lengua por los labios que sonreían”
se perdió en un vórtice de gentes que lo envolvían y se lo llevaban amontonadamente…
clamando, reclamado, pidiendo algo…
me sentí partícipe mezclado en ese desbordar del entusiasmo…
y cuando estuve a su lado vi que se pasaba la lengua
por los labios, lenta y golosamente se pasaba la lengua por los labios que sonreían”
(Las ménades, Cortázar)
“a quien vemos es a Dioniso y a las ménades, a quien vemos es al embriagado entusiasta”
(El nacimiento de la tragedia, Nietzsche)
Quisiera relatarles algo, aunque probablemente sea más adecuado decir que quiero confesarles algo. En realidad no sé, no estoy del todo seguro de que lo que estoy por contarles haya pasado tal como lo describa a continuación; ni que mucho menos mi participación en estos hechos sea tal como yo la cuento. No sé si fue algo que vi, que viví o que hice; pero me imagino que como todo en la vida es un poco de esto y un poco de aquello. El punto es que yo aun no sé bien cómo explicarles todo lo que pasó, porque pasó todo tan rápido que cuesta entenderlo pero al mismo tiempo fue todo tan intenso que es fácil (dolorosa y angustiantemente fácil) visualizarlo. Llanamente fue una escalada de desenfreno tan rápida que convirtió a la más sutil de las personas en un amasijo de violencia, un réquiem al caos sublime. Así es que he llegado a pensar que todo lo ocurrido fue de cierta manera una escalera.
Pareciera ser que a la amarillenta luz en la cual escribo estas palabras, la naturaleza caótica de los hechos que, fuera precisamente eso. Un precario o precaria malabarista que sube peldaño a peldaño una escala sujeta a nada. Mientras el resto nos quedamos mirando con los ojos bien abiertos esperando a que termine tan sórdido espectáculo. Quizás lo veo así ahora porque mi mente no deja de pensar en términos de causalidad y efecto: si la maldita justicia hubiese obligado a los cuicos a cumplir condena, si hubiesen inhabilitado a los y las congresistas que recibieron sobornos, si hubiesen cumplido las demandas en vez de teñir los árboles del forestal con sangre y plomo durante tantos años, si hubiesen abiertos las grandes alamedas en vez de cerrarlas con militares y policìas. Pero no fue así y en verdad en ese momento no lo sentí así. Ahora con tres vasos de la sangre de cristo recorriendo por los vasos de mi sangre recuerdo nítidamente la sensación de caída, a lo mejor el caos es eso. Una caída hacia un agujero que devora toda partícula de cordura y criterio dejando nada más que el vacío pulsional del ello; que se divierte un rato fugaz destruyendo las cadenas de lo moral para luego ir a hincarle los colmillos a nuestra máscara o a cualquier otra cosa que le distraiga lo suficiente de la monótona normalidad en la que se ven envueltas las cosas; para que luego nosotres nos pongamos a hablar de construir algo mejor. Como sea, antes de que la sexta copa de vino me distraiga más de los hechos que con tanta angustia perforan mi pecho quisiera reivindicar el caos. Mi fibra más poética, empoderada de tanta fermentación, me incita a exclamar que el caos es un baile. Con música y pasos de crescendo tan sutiles como los 30 años de esta democracia y tan estruendosos como la semana del 14 al 18 de octubre. Con pausas tan cortas como el acuerdo por la paz y tan largas como la cuarentena de una pandemia. El caos es un baile donde hay gente que sabe bailarlo y otras que no.
Nos habíamos conglomerado, una vez más, un número incontable para los pacos, una vez más. Quizás fue para la marcha del 8M o para el aniversario del asesinato de Catrillanca. Quizás fue para los dos años de gobierno. Quizás fue para cualquier otra maldita fecha que los miserables medios de comunicación han insistido en poner un nombre especial, como si el queso rancio dejará de ser rancio porque lo llaman Roquefort. Igual da si fue un viernes o un domingo, si éramos 150.000 o 2 millones, adecuad las cuentas cómo más les gusten. Yo solo tengo claro dos cosas: que la mal parida piraña puede robar mucho a pesar de sus cortos brazos de guiña, aunque después se lo coman vivo los taldos en cadena nacional, y que una causa noble (si es que en este mundo existe aquello) pude unir a muchas personas, más de cien, más de mil, aunque irremediablemente si juntas más de un millón de personas tarde o temprano terminan devorándose les unes a otres.
Nos habíamos conglomerado una vez más en la dignidad. Esperando, con la fé ciega de un católico, que cree que un judío de 2000 años atrás dejó “virgen” a una quinceañera solo porque se embarazo del “espíritu santo”. ¡Creemos! Porque esto aún no acaba… jamás acaba. Entusiasmades esperamos encontrar justicia a cada repiqueteo del martillo contra el adoquín, bajo ese cemento y sobre esa tierra; que yace seca porque en Las Condes necesitan limpiar Av. Apoquindo con un chorro de agua a alta presión mientras que en Petorca, Caimanes o Alto Hospicio un vaso de agua es un mal chiste municipal que viene día por medio mediante carros piscina.
Aunque fueran a distintos tiempos todes bailábamos. Bailaban las comparsas al compás de las batucadas, bailaban a paso de marcha las personal al ritmo del cacerolazo, lxs capuchas bailaban esquivando el 20% de plomo que les disparaban los pacos y hasta estos mismos bailaban el son de la piedra y el fuego. Así debí de haber estado; corría esquivando proyectiles de ambos lados de la línea; esquivaba a personas mientras a voz en cuello les pedía que se corrieran, tratando de hacerme oír por sobre la máscara con la que protegía mis pulmones del tóxico aire. Iba apresurado a donde viera una estela de humo a ahogarla en el bidón de agua y lavalozas que por ahí había encontrado tirado. A mi lado la gente iba y venía trayendo camotes en carros de supermercado; haciendo cadenas para que la cruz roja pasará; desarmando ensambles metálicos, con los que los locales se habían protegido desde que este infierno llamado Chile se transformó en una mala copia de El Joker. Era al final de cuentas un orgasmo colectivo de constante movimiento violento, pero de una violencia libertaria que encauzaba provechosamente la latencia destructiva en objetivos específicos.
Pareciera ser que a la amarillenta luz en la cual escribo estas palabras, la naturaleza caótica de los hechos que, fuera precisamente eso. Un precario o precaria malabarista que sube peldaño a peldaño una escala sujeta a nada. Mientras el resto nos quedamos mirando con los ojos bien abiertos esperando a que termine tan sórdido espectáculo. Quizás lo veo así ahora porque mi mente no deja de pensar en términos de causalidad y efecto: si la maldita justicia hubiese obligado a los cuicos a cumplir condena, si hubiesen inhabilitado a los y las congresistas que recibieron sobornos, si hubiesen cumplido las demandas en vez de teñir los árboles del forestal con sangre y plomo durante tantos años, si hubiesen abiertos las grandes alamedas en vez de cerrarlas con militares y policìas. Pero no fue así y en verdad en ese momento no lo sentí así. Ahora con tres vasos de la sangre de cristo recorriendo por los vasos de mi sangre recuerdo nítidamente la sensación de caída, a lo mejor el caos es eso. Una caída hacia un agujero que devora toda partícula de cordura y criterio dejando nada más que el vacío pulsional del ello; que se divierte un rato fugaz destruyendo las cadenas de lo moral para luego ir a hincarle los colmillos a nuestra máscara o a cualquier otra cosa que le distraiga lo suficiente de la monótona normalidad en la que se ven envueltas las cosas; para que luego nosotres nos pongamos a hablar de construir algo mejor. Como sea, antes de que la sexta copa de vino me distraiga más de los hechos que con tanta angustia perforan mi pecho quisiera reivindicar el caos. Mi fibra más poética, empoderada de tanta fermentación, me incita a exclamar que el caos es un baile. Con música y pasos de crescendo tan sutiles como los 30 años de esta democracia y tan estruendosos como la semana del 14 al 18 de octubre. Con pausas tan cortas como el acuerdo por la paz y tan largas como la cuarentena de una pandemia. El caos es un baile donde hay gente que sabe bailarlo y otras que no.
Nos habíamos conglomerado, una vez más, un número incontable para los pacos, una vez más. Quizás fue para la marcha del 8M o para el aniversario del asesinato de Catrillanca. Quizás fue para los dos años de gobierno. Quizás fue para cualquier otra maldita fecha que los miserables medios de comunicación han insistido en poner un nombre especial, como si el queso rancio dejará de ser rancio porque lo llaman Roquefort. Igual da si fue un viernes o un domingo, si éramos 150.000 o 2 millones, adecuad las cuentas cómo más les gusten. Yo solo tengo claro dos cosas: que la mal parida piraña puede robar mucho a pesar de sus cortos brazos de guiña, aunque después se lo coman vivo los taldos en cadena nacional, y que una causa noble (si es que en este mundo existe aquello) pude unir a muchas personas, más de cien, más de mil, aunque irremediablemente si juntas más de un millón de personas tarde o temprano terminan devorándose les unes a otres.
Nos habíamos conglomerado una vez más en la dignidad. Esperando, con la fé ciega de un católico, que cree que un judío de 2000 años atrás dejó “virgen” a una quinceañera solo porque se embarazo del “espíritu santo”. ¡Creemos! Porque esto aún no acaba… jamás acaba. Entusiasmades esperamos encontrar justicia a cada repiqueteo del martillo contra el adoquín, bajo ese cemento y sobre esa tierra; que yace seca porque en Las Condes necesitan limpiar Av. Apoquindo con un chorro de agua a alta presión mientras que en Petorca, Caimanes o Alto Hospicio un vaso de agua es un mal chiste municipal que viene día por medio mediante carros piscina.
Aunque fueran a distintos tiempos todes bailábamos. Bailaban las comparsas al compás de las batucadas, bailaban a paso de marcha las personal al ritmo del cacerolazo, lxs capuchas bailaban esquivando el 20% de plomo que les disparaban los pacos y hasta estos mismos bailaban el son de la piedra y el fuego. Así debí de haber estado; corría esquivando proyectiles de ambos lados de la línea; esquivaba a personas mientras a voz en cuello les pedía que se corrieran, tratando de hacerme oír por sobre la máscara con la que protegía mis pulmones del tóxico aire. Iba apresurado a donde viera una estela de humo a ahogarla en el bidón de agua y lavalozas que por ahí había encontrado tirado. A mi lado la gente iba y venía trayendo camotes en carros de supermercado; haciendo cadenas para que la cruz roja pasará; desarmando ensambles metálicos, con los que los locales se habían protegido desde que este infierno llamado Chile se transformó en una mala copia de El Joker. Era al final de cuentas un orgasmo colectivo de constante movimiento violento, pero de una violencia libertaria que encauzaba provechosamente la latencia destructiva en objetivos específicos.
Objetivos que a veces olvido que parecen obvios. Tal vez sea el vino quien habla ahora, que me hace ser sumamente quisquilloso con los detalles, así que si es que acaso consideras innecesario leer este párrafo porque para ti está completamente justificado prenderle fuego a un paco o una multinacional, te invito cordialmente a saltarte esta parte. Si no es así, porque a pesar de que no lo condenas categóricamente, aun albergas dudas dejame decirte que con todo lo que han matado, violado, torturado, mutilado y robado los oficiales de policía aquí y en la quebrada del ají está más que justificado prenderles fuego. Parecido pasa con las multinacionales que nos pasan robando tan descaradamente de nuestros bolsillos, coludiéndose tan limpiamente entre ellas y comprando tan fácilmente al poder judicial y político que prenderle fuego a una sucursal asegurada es un ““crimen”” sin víctimas. Si aun así tienes dudas, bueno busca tus respuestas aquí o en otro lado no es el caso de este texto hacer una apología a la violencia. Sin embargo si eres de quienes de partida rechazan estas tácticas porque respetas la autoridad y la propiedad privada o porque consideras que la violencia nunca es un medio tengo que decirte que te vayas de aquí. Este texto no es para ti.
Como sea estuve así 3, 2, 4 horas; quizás menos. Estuve todo lo que me permitieron las piernas estar corriendo de aquí para allá; manteniendo aún la suficiente energía para poder correr de la policía en la tácita hora en que esta pasa máquina por todas las avenidas y une sabe que tiene que irse, porque ya es tarde y no pasan micros, y las opciones son o volverse caminando a la casa o pasar la noche en la comisaría. Estuve el tiempo suficiente para decirme que ya había tenido demasiado de ese llanto de rabia y gas, demasiado de esa ceguera de ansiedad y lacrimógena. Así que decidí unirme a la larga fila de marchantes para descansar los ojos y las piernas. Fue en ese momento, yendo por Alameda a la altura de Sotomayor, cuando vi una pelea como nunca había visto. A ver, he visto conflicto en marchas, antes del “Chile despertó” y la wea sensacionalista de los medios de comunicación; era común que en las marchas les universitaries con su pedancia de siempre aporrerán a les secundaries por ponerse a armar barricadas o que las vendidas juventudes comunistas y socialistas entregarán capuchas a las fuerzas especiales porque la Bachelet era presidenta en ese momento. Aún así esto me pareció insólito, la escena ahí producida parecía sacada de las páginas de algún cuento de Bukowski. Decir que fue una pelea sería injusto, parecía más un linchamiento que otra cosa. Y no era el típico linchamiento, que se producía en las marchas, en donde algún viejo verde o algún angustiado aprovechaba el tumulto de gente pa correr mano a lo que encontrará (culos o billeteras). En estos contextos, aunque fuera difícil, era posible encontrar una de cada diez personas que sabía porque aquel ser era detestable (aunque debiera de ser cuestionable si la crudeza del linchamiento público es o no justa).
Lo que partió como una pelea, derivó en un sin sentido. Eran en un principio al menos 5 mujeres peleando, si he de echar mano, a los estigmas que Goffman, (para describir a las partes en conflicto)(que la maldita sociología sirva de algo). Diría que dos de ellas parecían ser indigentes, que armadas con nada más que puñales, hacían frente a otras 3 cuicas armadas de palos en fuego y de toda la humanidad marchante a sus espaldas.
-¡WEONA LOCA CALMATE!-
-¡ESTA WEONA ESTÁ TIRANDO PUÑALADAS!-
Decían dos de las 3 cabras de piel blanca y pelos claros. Mientras lanzaban estocadas con los palos encendidos a las otras dos chiquillas más morenas (vaya a saber quien si lo oscuro de su cuerpo se debía a que eran de una tez más morena o de la suciedad que impregnaba tanto sus ropas como pieles). Al mismo tiempo una de las cabras cuicas, sangrando, era echada para atrás, por las otras dos. Hacia el excitado contingente de gente que en un millar de manos se apresuraba a apresarla. Por el otro lado, mientras todo esto pasaba, una de las chiquillas morenas intentaba (con una mano aferrada al brazo) sujetar a su compañera embiestada y lanzar inútiles cuchilladas a la masa monga que se les planteaba. Inútil porque una cuchilla hechiza jamás tendrá el mismo alcance que unas antorchas prendidas.
¿Cómo puedo describirles todo, de manera larga y tendida, sin que se pierda el foco de que todo era en un solo tiempo?
En el momento en que la cuica de pelos rubios era socorrida y apartada de toda la vorágine que estaba sucediendo; en el momento que las cuicas de pelo castaño claro lanzabas centellas de fuego hacia estas dos indigentes; en el mismo momento en que la “loca” (loca, cuma, calleja, esquizo e indigente) protegía, contenía y repelía. Vi la mirada de la otra indigente. Weon -weona-. Si es verdad esa idea manoseada por todas las películas del género de terror hollywoodense, esas que dicen que sí hay entidades metafísicas, y que no tienen nada mejor que hacer que poseer y enajenar estos cuerpos mortales, esta era el ejemplo. La mirada de la niña ya no era humana, o al menos no, de una persona humana que se detiene a pensar todos los pros y contras que podrían tener sus acciones. Ya ustedes saben, esa humanidad que abunda en los textos de economía clásica y escasea en la vida cotidiana. Sólo he visto una vez esa mirada en otro ser humano.
Una vez le pegue a un weon. Le pegue en la cara y porque llevaba lentes le hice sangrar un costado de los pómulos. No me extenderé en el contexto previo que desencadenó la situación, para evitar sonar a algo parecido a -OYE MÍRAME EN VERDAD NO SOY UN MACHO VIOLENTO, YO NO LE PEGO A LAS PAREDES POR RABIA-. Me contentaré con decir que hay seres (siembre adultez) que merecen una buena saca de chucha, a ver si con eso se les quita lo fascistoide; también hay otres que NECESITAN un boleto permanente al otro barrio, en formato de una bala por la cabeza, (como a Jaime Guzmán). También diré que no nos sirve ese hipismo imbécil, incapaz de verse los pies con los que se para en el contexto, tan abundante en tantxs líderes políticos. La revolución no necesita de ese pacifismo inútil; NECESITA CONCIENCIA, para saber dónde están sus enemigxs y a donde apuntar su fuego; tampoco necesita caudillxs, quizás sí guías, pero no dirigentes. No se necesita que nos mande algún weon o weona bajado/a de quién sabe qué elevado cielo, al final de cuentas no existen ídolxs, todes pecamos. En fin, le pegue a un weon una vez, y al momento de ver su sangre en sus manos me dirigió esa mirada. La mirada inhumana con la que me vío sin verme, era igual a la que vi en los ojos de esta chiquilla.
Ella gritaba. Aún hoy con medio botella de jugo fermentado vacía no puedo recordar qué decía. Sí puedo recordar cómo lo decía; escupía salivazos mientras chillaba, las ropas llenas de tierra se prendían y apagaban de fuego por momentos (como si la suciedad quisiera hacer algo para evitar la combustión entera de ella). Sus manos bailaban en el aire, una como si quisiera apartar de su camino cualquier obstáculo que le impidiera avanzar en su cometido. La otra, con el puñal, acuchillaba el aire. Pero no como su compañera, que lanzaba estocadas a diestra y siniestra, lo suyo parecía tener algún propósito, un sentido o dirección que hizo falta en todo lo que sobrevino luego. Ella parecía apuntar hacia una de las cuicas, como si con los centímetros que le sumaba el cuchillo, de verdad pudiera llegar a la rubia que ya había apuñalado y se perdía en el mar de manos que tenía en frente. Si fuerzo mi mente con algún otro estupefaciente algo logro de escuchar, algo como…
-QUE WEA PERRA CULIA-
o
-QUE TE JOTEAI A MI POLOLO CONCHETUMADRE-
o
-QUE TE JOTEAI A MI POLOLO CONCHETUMADRE-
La verdad, es que no importa que estuviera diciendo. Importa qué estaba enojada y espero nunca en mi vida encontrarme a una persona así de enojada conmigo.
Una vez que la rubia estuvo guardada detrás de esa muralla humana la cosa se puso fea. Si es que no consideramos feo que una persona ataque a otra sin un motivo claro. Puede parecer poco el peso de una piedra en la mano al menos a mí, a veces, me ha parecido así. Se me aparece la facilidad para lanzarla, habiendo tantas otras manos en lo mismo. No sabría aplicarle lo mismo a estas personas. De repente cayó un camote, un tercio de adoquín se hizo otras tres piezas más pequeñas, justo en el lugar donde momento antes estaba el pie de la chiquilla que había apuñalado a la rubia. Pienso que le pudo haber llegado en la cabeza muy fácilmente pero, el proyectil chocó primero con la antorcha levantada por una de las cuicas. A la weona se le cayó la antorcha bien de arriba y esta junto con el camote cayeron verticalmente. A la chiquilla casi le caen con fuego y piedra y zafó gracias a que con ese golpe un weon, que al parecer vivía con ellas en la calle, atino a agarrarla. Junto con la otra chica del puñal lograron hacerla retroceder. No tengo idea quién fue, no sé si importa. Hubieron más. Casi fue tragicómico al principio, las primeras piedras no parecían dirigidas a nada en específico. Caían en frente a las caras de los dos grupos de weonas. Y el weon por alguna estúpida razón empezó a avanzar, lento con las manos levantadas y empezó a decir -no por favor no-. No le cayeron piedras encima, aunque estas se seguían lanzando, a su espalda. Quizás fue por los tonos de voz, que cambiaron cuando entró el wn con su súplica lastimosa.
¿Alguna vez les han lastimado las palabras o la voz con las que estas se dicen? Así fue la lástima en las palabras del weon, lastimaba el dolor de su tono. De una posible sincronicidad la cabra, a la que se le había caído la antorcha, empezó a llorar. Podría haber llorado de rabia o podía haber estado llorando de dolor reflejo. La wea es que sutilmente esa tensión social que se genera cuando hay manifestaciones tan públicas de la ira violenta, fue sutilmente desplazada por esa otra sensación que se da cuando se muestran emociones tan complejas como el dolor, la lástima, el llanto y la molestia. Y las piedras cambiaron su dirección.
Cache al toque que no había caído donde siempre la piedra, porque no sonó como si hubiese caído en el cemento. Habían muchas manos que retrocedían y avanzaban, atrás y adelante, fuerte y rápido. Alguna de ellas debió haber sido, viajó recta del gentío al hombro de la cabra que quedaba con una antorcha, debió de haberle dolido porque dejo de mover la antorcha como si alucinara que es una espada. Todas las otras cayeron donde el weon. Una, dos o tres alcancé a contar que le llegaron directamente al cuerpo. Vi una que le dio en el hombro y otra por el codo con el que protegía un costado de su cabeza. La tercera no estoy seguro, ya que se agacho, bien podría haberle llegado a la cara, el pecho o haberla esquivado. Y entre medio del weon y el bombardeo unilateral de camotes estaba la otra cuica. En llanto, sin antorcha y parada frente al weon arrodillado en el piso; los proyectiles volaban por sus costados.
¿Alguna vez les han lastimado las palabras o la voz con las que estas se dicen? Así fue la lástima en las palabras del weon, lastimaba el dolor de su tono. De una posible sincronicidad la cabra, a la que se le había caído la antorcha, empezó a llorar. Podría haber llorado de rabia o podía haber estado llorando de dolor reflejo. La wea es que sutilmente esa tensión social que se genera cuando hay manifestaciones tan públicas de la ira violenta, fue sutilmente desplazada por esa otra sensación que se da cuando se muestran emociones tan complejas como el dolor, la lástima, el llanto y la molestia. Y las piedras cambiaron su dirección.
Cache al toque que no había caído donde siempre la piedra, porque no sonó como si hubiese caído en el cemento. Habían muchas manos que retrocedían y avanzaban, atrás y adelante, fuerte y rápido. Alguna de ellas debió haber sido, viajó recta del gentío al hombro de la cabra que quedaba con una antorcha, debió de haberle dolido porque dejo de mover la antorcha como si alucinara que es una espada. Todas las otras cayeron donde el weon. Una, dos o tres alcancé a contar que le llegaron directamente al cuerpo. Vi una que le dio en el hombro y otra por el codo con el que protegía un costado de su cabeza. La tercera no estoy seguro, ya que se agacho, bien podría haberle llegado a la cara, el pecho o haberla esquivado. Y entre medio del weon y el bombardeo unilateral de camotes estaba la otra cuica. En llanto, sin antorcha y parada frente al weon arrodillado en el piso; los proyectiles volaban por sus costados.
Cuando me volví a fijar en las otras dos chiquillas en situación de calle caché que la que había apuñalado a la rubia había salido corriendo hacia atrás por Sotomayor. Me fijé también que otras personas hacían notar este hecho en voz alta. Un par de weones parecidos a superman salieron de la multitud con palos en las manos en dirección a la recién fugada, ¿capaz que le hubiesen hecho si la alcanzaban? La otra chiquilla que quedaba se lanzó a pararles la carrera. Literalmente puso su cuerpo para chocar al trote que empezaban estos dos con palos en las manos. Les dijó, al chocar con ellos, que dejaran en paz a la otra loca; recuerdo haberle oído específicamente pedirles que por favor la dejaran irse. Por toda respuesta recibió palazos en la cabeza, hombro, torso y brazos.
De repente hubo un momento de calma. Les enajenades pararon su lluvia de piedras y los superman dejaron de golpear a la loca en el piso. ¿Han estado alguna vez en una meditación colectiva? Ese momento en que todas las personas reunidas en un lugar jadean al unísono y puedes sentir cada exhalación como si fuese la tuya propia, escuchas la respiración de una persona a 5 personas de tí porque el sonido de esta va rebotando en cada una de las respiraciones de las 5 personas que hay entre ustedes dos. Lo siguiente que vino fue así, pero con las miradas. Los dos superman, aún con palos en las manos, se miraron el uno al otro; todas las personas alrededor de esta escena vimos a quienes tenían enfrente, al lado izquierdo, atrás, por sobre una diagonal y bajo la otra, en todas las direcciones miramos. Ni cagando creo tanto en la reverberación de las volas de la gente para llegar a decir algo así como que hasta el mundo entero había entrado en silencio para ese leve momento de sincronía. No, la marcha seguía sonando. Se podía escuchar por ahí o por allá el rebote de alguna ocasional sirena o el bombazos de las escopetas de los pacos al disparar gas y plomo. Todo el rato sonaban los aplausos, gritos, canciones y cacerolazos de la marcha que pasaba detrás de nosotres. ¿Pero me preguntó quiénes éramos nosotres? Quiénes nos habíamos quedado viendo que pasaba, quiénes se habían puesto a gritar, quiénes habían socorrido a la rubia apuñalada, quiénes se pusieron a tirar piedras. Al final éramos quienes nos callamos y quedamos quietos para mirarnos, preguntándonos quizás, qué mierda pasaba y qué wea estábamos haciendo ahí.
Entre todo esto el weon y la weona en situación de calle se habían acercado. Cuando me volví a fijar en elles el weon estaba ayudando a la cabra a pararse, y creo que antes de que los dos superman se dieran cuenta, empezaron a correr por Sotomayor para dentro. Unas tres niñas se acercaron, no mayores de 15 años, a hablarle a la que se le había caído la antorcha. Ella estaba llorando a mares y las niñas le convidaron dos vueltas de papel confort para que se sonara los mocos, dos vueltas de papel confort para que se secaran las lágrimas y dos vueltas de papel confort más. Para que las guardara por si más adelante quería vomitar. ¿Se acuerdan de los dos superman? Esos weones se dividieron. No en sí mismos, sino entre ellos dos. Cada uno se dio la espalda y caminó en dirección opuesta. Uno de ellos volvió del mismo lugar en el que habían salido ambos, el otro avanzó de frente hacía mí. Avanzó de frente hacia el lugar en el que yo me encontraba. Que no era en frente de donde habían salido originalmente. Y atrás siempre la masa marchante.
De repente hubo un momento de calma. Les enajenades pararon su lluvia de piedras y los superman dejaron de golpear a la loca en el piso. ¿Han estado alguna vez en una meditación colectiva? Ese momento en que todas las personas reunidas en un lugar jadean al unísono y puedes sentir cada exhalación como si fuese la tuya propia, escuchas la respiración de una persona a 5 personas de tí porque el sonido de esta va rebotando en cada una de las respiraciones de las 5 personas que hay entre ustedes dos. Lo siguiente que vino fue así, pero con las miradas. Los dos superman, aún con palos en las manos, se miraron el uno al otro; todas las personas alrededor de esta escena vimos a quienes tenían enfrente, al lado izquierdo, atrás, por sobre una diagonal y bajo la otra, en todas las direcciones miramos. Ni cagando creo tanto en la reverberación de las volas de la gente para llegar a decir algo así como que hasta el mundo entero había entrado en silencio para ese leve momento de sincronía. No, la marcha seguía sonando. Se podía escuchar por ahí o por allá el rebote de alguna ocasional sirena o el bombazos de las escopetas de los pacos al disparar gas y plomo. Todo el rato sonaban los aplausos, gritos, canciones y cacerolazos de la marcha que pasaba detrás de nosotres. ¿Pero me preguntó quiénes éramos nosotres? Quiénes nos habíamos quedado viendo que pasaba, quiénes se habían puesto a gritar, quiénes habían socorrido a la rubia apuñalada, quiénes se pusieron a tirar piedras. Al final éramos quienes nos callamos y quedamos quietos para mirarnos, preguntándonos quizás, qué mierda pasaba y qué wea estábamos haciendo ahí.
Entre todo esto el weon y la weona en situación de calle se habían acercado. Cuando me volví a fijar en elles el weon estaba ayudando a la cabra a pararse, y creo que antes de que los dos superman se dieran cuenta, empezaron a correr por Sotomayor para dentro. Unas tres niñas se acercaron, no mayores de 15 años, a hablarle a la que se le había caído la antorcha. Ella estaba llorando a mares y las niñas le convidaron dos vueltas de papel confort para que se sonara los mocos, dos vueltas de papel confort para que se secaran las lágrimas y dos vueltas de papel confort más. Para que las guardara por si más adelante quería vomitar. ¿Se acuerdan de los dos superman? Esos weones se dividieron. No en sí mismos, sino entre ellos dos. Cada uno se dio la espalda y caminó en dirección opuesta. Uno de ellos volvió del mismo lugar en el que habían salido ambos, el otro avanzó de frente hacía mí. Avanzó de frente hacia el lugar en el que yo me encontraba. Que no era en frente de donde habían salido originalmente. Y atrás siempre la masa marchante.
La otra cabra cuica, que seguía aún con la antorcha prendida en las manos, fue hacia la dirección de esa cabra cuica que se le había caído la antorcha de las manos. Fue hacia ella, no a ella. Porque la que había soltado la antorcha era llevada por las niñas del papel confort de nuevo hacía la pared de nosotres. A lo mejor para que imaginen la trayectoria de sus desplazamientos, podrían imaginar el juego de bolitas. Las bolitas de vidrio y cerámica, que tienen diámetros de ojos de gato hasta el puño de una mano, y que vienen de a cinco, diez, cincuenta, cien y diez mil. En el juego cuando una de estas se mueve puede que quizás no llegue al lugar hacia el que fue lanzada. Puede que no haya sido lanzada a ningún lugar específico. Pero al detenerse llega a un lugar cargado, es decir a un lugar donde hay muchas otras bolitas. Por ejemplo, como cuando una ojo de gato llega casi a chocar con una gota de leche y queda en frente de un bolón chico tipo azul marino. Hubiese sido bacán que chocara con la gota de leche o que rebotara en el bolón. Horrible sería que pasara entre medio sin pena ni gloria y siguiera de largo. Pero no, la bolita ojo de tigre queda en medio de las otras dos. Así más o menos fue, como unas bolitas que se van moviendo e iban a chocar, pero no alcanzan y choca con otra; la bolita se para y empiezan a moverse otras bolitas y bolones.
La weona de la antorcha fue hacía donde estaba la cabra que era llevada ahora por las niñas hacia otro lado. Y cuando llegó a donde había estado la cabra se detuvo a recoger la antorcha que esta había botado. Los superman habían soltado al fin sus palos, ahora los cambiaban por los pedazos de camotes que habían quedado tirado. No fueron los únicos, varias de las personas que hacíamos el nosotres se adelantaron a recoger camotes para poder lanzarlos contra la alumbrada. Varias piedras volaron rompiendo vidrio y haciéndose más piedras. Se armó una barricada con todos los escombros que se pudo encontrar y que fue prendida por esta weona con las dos antorchas. Sé que recuerdo haber estado forcejeando con algún cartel, no sé si logre derribar alguna wea en verdad. Pero de un momento a otro había a la entrada de Sotomayor tal cantidad de estorbos para el paso que se podía pasar de la calle a la Alameda, aunque quizás desde arriba se viera absurdamente serpenteante.
Y así de un momento a otro parecía ser que Sotomayor tenía su propia marcha aparte de la Alameda. Quisiera señalar que aquí llamo “marcha” a falta de un nombre más adecuado, si quisiera ser políticamente incorrecto probablemente lo llamaría monada, en referencia a un colectivo de monos y monas. Si quisiera, pero no. Siendo justos nunca he visto a algún primate comportarse de esa forma y siendo honestos las 3 veces que en mí vida he visto a algún mono ha sido tras las carcelarias rejas de un zoológico. Por lo que mi conocimiento sobre el comportamiento de primates es bastante escaso, mi máximo dato freak sobre estos es que los chimpancés, con quienes somos iguales hasta un 97%, cometen actos de canibalismo con congéneres que pierden el dominio sobre determinado territorio. Sin embargo, estos actos siempre están reservados para chimpancés ajeno al grupo familiar basal de su sociedad. La gente empezó a atrincherarse en la calle, ya no solo era barricada y señaleticas botadas. Hubo quienes empezaron a sacar las rejas de los edificios cercanos para ponerlas a la entrada, reventaron y saquearon un negocio en la esquina que tenía más pinta de almacén de barrio que supermercado de cadena multinacional. La horda avanzaba botando árboles y faros, picoteando calles y muros, rompiendo vidrios y prendiendo basura. En algún momento una batucada había aparecido quien sabe de dónde y desde las veredas se dedicaban a golpear y re golpear sus tambores como si el colectivo destrozante en su centro solo fuera parte de su revolucionaria performance.
Las paredes se pintaban con diversas frases. Algunas eran nombres de caídxs en esta falsa democracia ( DÓNDE ESTÁ HUENANTE, A LA NEGRA LA MATARON, ALEJANDRO CASTRO PRESENTE). Otras eran consignas tan manoseadas estos días por tanta gente (HASTA QUE LA DIGNIDAD SE HAGA COSTUMBRE, NO AL TTP, FIN A LAS AFP). Sin embargo, la gran mayoría solo eran meadas de perros y no lo digo porque rayaran narcisismo cómo tags personales, sino porque la gran mayoría de la gente estaba dejando manchas de pintura reventada en las paredes. Supongo que alguna persona más ilustrada que yo en el arte callejero, con un pomposo diploma de arte contemporáneo bajo el brazo, podría explicar como esta wea era una muestra de arte emancipatorio en la medida que llenan de colores vivos las opacas y monótonas paredes de la calle, que incluso es doblemente arte porque responde a la espontaneidad del pueblo libre en su revolución social. Supongo que citaría a Kandinsky, lo compararía con Banksy, divagaría harto rato en que los valores centrales de la modernidad están basados en la destrucción y un sin fin más para decirnos algo que todes sabemos: sin violencia no hay cambios estructurales. Pero por más que se pueda romantizar esto, para mí no deja de ser gente enfurecida lanzando latas de pintura hacía una muralla porque en ese momento era eso lo que tenían en la mano.Creo que hasta aquí he dado material suficiente para decir que esta marcha a sido una de las experiencias más violentas que he tenido en mí vida. Y me gustaría mucho poder parar aquí el relato, decir bueno ya está con esto me quedo tranquilo porque así me lo explico; lo que había pasado era que vi como apuñalaban a una persona, como apedreaban a “las culpables” y como después se procedía a destruir una cuadra entera del centro porque, oye hermano si Chile despertó y la falopa no era en ningún caso exclusiva de los pacos. Pero estaría omitiendo una gran parte de la verdad, de lo que realmente me ha puesto los pelos de punta todo este tiempo y la razón principal de porque debo de escribir esto de la forma en que lo escribo. Aunque de continuar, para ser sincero, necesito aclarar dos puntos de esta historia. Dos puntos que en realidad son uno solo y de cierta forma sobre explican lo contado hasta ahora y sobre entienden lo que viene.
En primer lugar me gustaría decir que al momento de llegar a esta línea, estoy lo suficientemente mareado para que me cueste pronunciar fluidamente mi propio nombre. Tónica necesaria para poder rememorar todo esto con una curiosa lejanía, transformando así la angustia en una agradable extrañeza. Lo segundo, es que quizás por lo mismo hasta ahora esta historia se lea larga, como si hubiese demorado mucho en pasar de la marcha al linchamiento y de este a Sotomayor. Como si cada escena de esta tardara una infinidad en realizarse; tardara mucho en empujar a unas personas, en lanzar unas piedras, en estampida correr por 300 metros. Pero no. No tarda nada. Calculo que como máximo el tiempo que transcurrió entre que llegué a ver la pelea y nos arrojamos como avalancha por la cuadra para adentro entre dos o tres minutos; entre los cuales más de la mitad de este fue las cabras consolando a la cuica, dandole confort y llevandosela del centro. Y aún así pareciera ser tan largo. Tantos sincrónicos silencios, tantas ritualescas pausas. Quien haya leído a El Perseguidor de Cortázar y le haya encontrado algún sentido a los desvaríos de Johnny respecto al tiempo, podría hacerse una idea de lo siguiente. Es que a veces pareciera ser que determinadas acciones o situaciones tuvieran tal valor simbólico que el mismo tiempo parece dilatarse ante ellas. Preguntadle a une niñe que va obligade a la misa, o ha aquella adultez joven que pasa encerrada más de cuatro horas al día en recorrer el camino de su casa al trabajo, pregúntate tú cuánto tiempo pasas mirando una pantalla.
En toda esta momentaneidad, esta masa humana que avanzaba flanqueada por los costados de la acera y las murallas peatonales pasa a llevar, o marcha por encima, de les dos indigentes. El weon al que de lejos habían apedreado y a la chiquilla que habían golpeado con palos. No habían alcanzado a alejarse tanto, estaban recién media cuadra pasada la calle Romero, cuando unas 20 personas las pasaron corriendo yendo a poner una barricada en Escala. Unos 30 metros atras atras, en la intersección de Romero, en las cuatro esquinas del cruce, un grupo denso de personas estaba rompiendo a martillo y chuzo el cemento para conseguir camotes. Aun recuerdo los sonidos; el golpeteo del fierro sobre el suelo, la piedra sobre un borde, la sirena sobre un edificio, la palma de la mano contra la piel de la otra rebotando por los muros. Y los gritos, tantas voces humanas, que gritaban inevitablemente en la cara de une, quienquiera que este fuese.
El weon y la cabra en situación de calle cuando fueron superados por la barricada de Escala. No por esa veinteava de personas que la habían prendido en específico; sino del hecho de que el límite de la enorme masa de personas que se había abalanzado por la calle, rompiendo y gritando, corriendo y cantando, le habían pasado. Una veintena a poner fierros y escombros; treinta que iban y venían tirando camotes a lo lejos; díez gritonas personas saltando y animando, orientadas a las 4 esquinas de Romero con Sotomayor. Cuando eso paso, cuando ese colectivo humano les superó. Dejaron de avanzar. Retrocedieron, intentando, supongo, volver hacia la intersección y alejarse de la muchedumbre por alguna de las bifurcaciones de Romero. Quizás fuera una de las personas que como yo habían visto todo el linchamiento previo; era una mujer que iba acompañada (estoy casi seguro) por una de las niñas que había calmado a la cuica llorando.
No era muy grande pero su tamaño, y las heridas de les dos indigentes, bastaron para frenarles en seco su marcha atrás. Esta mujer agarró a la chiquilla y la empujo contra el weon. Unas tres personas más que volvían de la barricada de Escala pararon en seco. La que era de las niñas, que había calmado a la cuica llorando, sacó un papel confort del bolsillo donde había guardado los moco de la cuica llorando (los papeles con los que esa cabra se había sonado). Mientras la otra mujer empujaba a la chiquilla contra el weon, la niña aprovechó de pasar el papel confort por uno de los ensangrentados brazos de la indigente. No alcance a ver ningún encendedor en la mano de la niña, ni cuando lo saco ni cuando lo guardo, sin embargo alcancé a ver una brillante llamarada que salía de la mano en la que tenía el manchado pedazo de papel confort. Y vi como una verdecina niebla salía de esta combustión y se diluía en el aire.
Luego de que soltaran a estas dos personas en situación de calle, las tres personas que habían parado en seco corrieron a estas otras cuatro. Uno de ellos golpeó en la cabeza a el weon indigente y comenzó a azotarla contra las murallas de la vereda. Las otras dos personas agarraron a la chiquilla indigente, la taclearon y en el piso empezaron a propinarle patadas. A todo esto las otras dos que estaban ahí, la niña y la mujer dieron un paso atrás; aunque no se alejaron mucho solo se alejaron lo suficiente para que estas tres personas pudieran pasar a atacar y para que la mujer que había agarrado a les indigentes pudiera agarrar desde atrás el cuello de quien había empezado a azotar la cabeza del indigente. No le agarro para detenerle, ni siquiera le agarró con fuerza, simplemente pasó sus manos por su cuello. Después le soltó y llevo sus manos a su cara. Para pasar repetidamente la lengua por sus dedos, sus palmas, nudillos, los recovecos entre los dedos, y los pliegues de la piel. Una vez de abajo hacia arriba en la mano derecha y de arriba hacia abajo en la izquierda y otra vez de arriba hacia abajo en la derecha y de abajo hacia arriba en la izquierda.
Cuando pareció terminar de relamerse las manos agarró la cara de su niña acompañante y le beso en la boca. No fue un choque de bocas ni un piquito saludo como esos que se daban entre sí los y las pokemones por allá antes del 2010. Fue un beso sensual, ardiente y apasionado; de los que traspasan tintes y herpes labiales y que hubiese hecho saltar hasta el techo a cualquier oficina de protección de menores, excepto al SENAME, a esos mafiosos se les hubiese puesto dura la entrepierna con la escena. Al terminar de besarse mujer y niña salvaron el espacio que quedaba hasta la intersección de Romero. Ahí se quedaron, cada una en uno de los dos extremos de Sotomayor, justo en medio de la calle para escupirle a la gente que pasaba por su lado. Espero que cuando imagineis los escupos que les tiraban a la gente penséis en algo asqueroso, flemoso y consistente; como la peor congestión que se les haya alojado alguna vez en la garganta, de esas que pintan para antibiótico. Quisiera evitar entrar en detalles específicos de esta saliva o de lo que me producía mirarla ya que su solo recuerdo me estremece el cuerpo de pies a cabeza, apretándome la laringe en una arcada que amenaza con devolver todo lo bebido, conténtense con saber que era inquietante y de un cristalino color que brillaba en su trayectoria de la boca al cuerpo.
Las personas no daban mayor muestra de haberse dado cuenta de que les escupieron encima y la saliva, super visible en su vuelo hacia estas, al caer en ropa o piel parecía no dejar manchas en las superficies en las que se adhería como si fueran rápidamente absorbidas por los cuerpos de quienes las recibían. Sin embargo esto no implicaba que no hubiese reacción alguna al ser escupidos. La gente que pasaba corriendo de un extremo al otro por la calle o que estaba detenido en la vereda enfrascado en algún particular acto de destrucción contra la infraestructura pública, al recibir el salivazo, paraban de golpe de golpe su actividad, se giraban y emprendían rumbo hacia el y la indigente y las 3 personas que se habían quedado aporreandoles. No toda la gente iba embestida a seguir linchando al weon y la chiquilla en situación de calle, de hecho las primeras personas que llegaron allá se pusieron entre les indigentes y los 3 que les estaban pegando. No obstante en ningún caso significó eso un alto en los golpes. La gente repelía y agredía a patadas voladoras, puñetazos giratorios, cabezazos a las rodillas y costillazos a los codos; mientras seguían confluyendo en manada todas las personas escupidas cercanas a la intersección de Romero, aumentando exponencialmente el número de participantes del enfrentamiento. Lo más curioso de todo es que parecía que la gente iba de cabeza al enfrentamiento sin una mayor consideración por su integridad personal o la integridad de otra persona, también era muy notable que todes entraban el conflicto decididamente a golpear a alguien; de hecho particularmente llamó mi atención una persona que iba hacia una de las barricadas con un basurero en la mano (con la intención de tirarlo al fuego supongo), aun así al pasar al lado de la niña y ser escupido por esta fue rápidamente al tumulto cada vez mayor a abrirse paso entre las personas moviendo enérgicamente de un lado para otro el basurero.
En todo este momento yo me encontraba un poco más apartado. Me había quedado más cercano a la Alameda después de mi contribución a bloquear la entrada de la calle, dicha acción me había dejado exhausto y había ido penetrando lentamente por Sotomayor contemplando esta dantesca escena que iba desarrollándose enfrente mío. Cuando la gente empezó a entrar de golpe a pelear entorno a les indigentes. Estaba apunto de retirarme, pensando ya que no valía la pena quedarse a ver tan morboso espectáculo, cuando vi una imagen que me llamó la atención y me obligó a acercarme aun más. Aunque en realidad no estoy seguro si me hubiese podido ir si hubiese querido, raro pero sentía como si una fuerza más allá del cansancio me retuviera con los pies clavados en donde los tenía, a excepción de seguir avanzando lentamente hacia adelante. Veía como las dos tipas le escupían a la gente, veía como esta gente entraba a tropezones a pelear y vi a unas personas que sin embargo entraban sin apuro y sin pelear al epicentro de violencia. Alcance a ver que eran 4 mujeres que entraban directamente al centro de todo aquello evitando todo daño, parecían fluir entre las personas como el agua que fluye entre los dedos de la mano.
Y así de un momento a otro parecía ser que Sotomayor tenía su propia marcha aparte de la Alameda. Quisiera señalar que aquí llamo “marcha” a falta de un nombre más adecuado, si quisiera ser políticamente incorrecto probablemente lo llamaría monada, en referencia a un colectivo de monos y monas. Si quisiera, pero no. Siendo justos nunca he visto a algún primate comportarse de esa forma y siendo honestos las 3 veces que en mí vida he visto a algún mono ha sido tras las carcelarias rejas de un zoológico. Por lo que mi conocimiento sobre el comportamiento de primates es bastante escaso, mi máximo dato freak sobre estos es que los chimpancés, con quienes somos iguales hasta un 97%, cometen actos de canibalismo con congéneres que pierden el dominio sobre determinado territorio. Sin embargo, estos actos siempre están reservados para chimpancés ajeno al grupo familiar basal de su sociedad. La gente empezó a atrincherarse en la calle, ya no solo era barricada y señaleticas botadas. Hubo quienes empezaron a sacar las rejas de los edificios cercanos para ponerlas a la entrada, reventaron y saquearon un negocio en la esquina que tenía más pinta de almacén de barrio que supermercado de cadena multinacional. La horda avanzaba botando árboles y faros, picoteando calles y muros, rompiendo vidrios y prendiendo basura. En algún momento una batucada había aparecido quien sabe de dónde y desde las veredas se dedicaban a golpear y re golpear sus tambores como si el colectivo destrozante en su centro solo fuera parte de su revolucionaria performance.
Las paredes se pintaban con diversas frases. Algunas eran nombres de caídxs en esta falsa democracia ( DÓNDE ESTÁ HUENANTE, A LA NEGRA LA MATARON, ALEJANDRO CASTRO PRESENTE). Otras eran consignas tan manoseadas estos días por tanta gente (HASTA QUE LA DIGNIDAD SE HAGA COSTUMBRE, NO AL TTP, FIN A LAS AFP). Sin embargo, la gran mayoría solo eran meadas de perros y no lo digo porque rayaran narcisismo cómo tags personales, sino porque la gran mayoría de la gente estaba dejando manchas de pintura reventada en las paredes. Supongo que alguna persona más ilustrada que yo en el arte callejero, con un pomposo diploma de arte contemporáneo bajo el brazo, podría explicar como esta wea era una muestra de arte emancipatorio en la medida que llenan de colores vivos las opacas y monótonas paredes de la calle, que incluso es doblemente arte porque responde a la espontaneidad del pueblo libre en su revolución social. Supongo que citaría a Kandinsky, lo compararía con Banksy, divagaría harto rato en que los valores centrales de la modernidad están basados en la destrucción y un sin fin más para decirnos algo que todes sabemos: sin violencia no hay cambios estructurales. Pero por más que se pueda romantizar esto, para mí no deja de ser gente enfurecida lanzando latas de pintura hacía una muralla porque en ese momento era eso lo que tenían en la mano.Creo que hasta aquí he dado material suficiente para decir que esta marcha a sido una de las experiencias más violentas que he tenido en mí vida. Y me gustaría mucho poder parar aquí el relato, decir bueno ya está con esto me quedo tranquilo porque así me lo explico; lo que había pasado era que vi como apuñalaban a una persona, como apedreaban a “las culpables” y como después se procedía a destruir una cuadra entera del centro porque, oye hermano si Chile despertó y la falopa no era en ningún caso exclusiva de los pacos. Pero estaría omitiendo una gran parte de la verdad, de lo que realmente me ha puesto los pelos de punta todo este tiempo y la razón principal de porque debo de escribir esto de la forma en que lo escribo. Aunque de continuar, para ser sincero, necesito aclarar dos puntos de esta historia. Dos puntos que en realidad son uno solo y de cierta forma sobre explican lo contado hasta ahora y sobre entienden lo que viene.
En primer lugar me gustaría decir que al momento de llegar a esta línea, estoy lo suficientemente mareado para que me cueste pronunciar fluidamente mi propio nombre. Tónica necesaria para poder rememorar todo esto con una curiosa lejanía, transformando así la angustia en una agradable extrañeza. Lo segundo, es que quizás por lo mismo hasta ahora esta historia se lea larga, como si hubiese demorado mucho en pasar de la marcha al linchamiento y de este a Sotomayor. Como si cada escena de esta tardara una infinidad en realizarse; tardara mucho en empujar a unas personas, en lanzar unas piedras, en estampida correr por 300 metros. Pero no. No tarda nada. Calculo que como máximo el tiempo que transcurrió entre que llegué a ver la pelea y nos arrojamos como avalancha por la cuadra para adentro entre dos o tres minutos; entre los cuales más de la mitad de este fue las cabras consolando a la cuica, dandole confort y llevandosela del centro. Y aún así pareciera ser tan largo. Tantos sincrónicos silencios, tantas ritualescas pausas. Quien haya leído a El Perseguidor de Cortázar y le haya encontrado algún sentido a los desvaríos de Johnny respecto al tiempo, podría hacerse una idea de lo siguiente. Es que a veces pareciera ser que determinadas acciones o situaciones tuvieran tal valor simbólico que el mismo tiempo parece dilatarse ante ellas. Preguntadle a une niñe que va obligade a la misa, o ha aquella adultez joven que pasa encerrada más de cuatro horas al día en recorrer el camino de su casa al trabajo, pregúntate tú cuánto tiempo pasas mirando una pantalla.
En toda esta momentaneidad, esta masa humana que avanzaba flanqueada por los costados de la acera y las murallas peatonales pasa a llevar, o marcha por encima, de les dos indigentes. El weon al que de lejos habían apedreado y a la chiquilla que habían golpeado con palos. No habían alcanzado a alejarse tanto, estaban recién media cuadra pasada la calle Romero, cuando unas 20 personas las pasaron corriendo yendo a poner una barricada en Escala. Unos 30 metros atras atras, en la intersección de Romero, en las cuatro esquinas del cruce, un grupo denso de personas estaba rompiendo a martillo y chuzo el cemento para conseguir camotes. Aun recuerdo los sonidos; el golpeteo del fierro sobre el suelo, la piedra sobre un borde, la sirena sobre un edificio, la palma de la mano contra la piel de la otra rebotando por los muros. Y los gritos, tantas voces humanas, que gritaban inevitablemente en la cara de une, quienquiera que este fuese.
El weon y la cabra en situación de calle cuando fueron superados por la barricada de Escala. No por esa veinteava de personas que la habían prendido en específico; sino del hecho de que el límite de la enorme masa de personas que se había abalanzado por la calle, rompiendo y gritando, corriendo y cantando, le habían pasado. Una veintena a poner fierros y escombros; treinta que iban y venían tirando camotes a lo lejos; díez gritonas personas saltando y animando, orientadas a las 4 esquinas de Romero con Sotomayor. Cuando eso paso, cuando ese colectivo humano les superó. Dejaron de avanzar. Retrocedieron, intentando, supongo, volver hacia la intersección y alejarse de la muchedumbre por alguna de las bifurcaciones de Romero. Quizás fuera una de las personas que como yo habían visto todo el linchamiento previo; era una mujer que iba acompañada (estoy casi seguro) por una de las niñas que había calmado a la cuica llorando.
No era muy grande pero su tamaño, y las heridas de les dos indigentes, bastaron para frenarles en seco su marcha atrás. Esta mujer agarró a la chiquilla y la empujo contra el weon. Unas tres personas más que volvían de la barricada de Escala pararon en seco. La que era de las niñas, que había calmado a la cuica llorando, sacó un papel confort del bolsillo donde había guardado los moco de la cuica llorando (los papeles con los que esa cabra se había sonado). Mientras la otra mujer empujaba a la chiquilla contra el weon, la niña aprovechó de pasar el papel confort por uno de los ensangrentados brazos de la indigente. No alcance a ver ningún encendedor en la mano de la niña, ni cuando lo saco ni cuando lo guardo, sin embargo alcancé a ver una brillante llamarada que salía de la mano en la que tenía el manchado pedazo de papel confort. Y vi como una verdecina niebla salía de esta combustión y se diluía en el aire.
Luego de que soltaran a estas dos personas en situación de calle, las tres personas que habían parado en seco corrieron a estas otras cuatro. Uno de ellos golpeó en la cabeza a el weon indigente y comenzó a azotarla contra las murallas de la vereda. Las otras dos personas agarraron a la chiquilla indigente, la taclearon y en el piso empezaron a propinarle patadas. A todo esto las otras dos que estaban ahí, la niña y la mujer dieron un paso atrás; aunque no se alejaron mucho solo se alejaron lo suficiente para que estas tres personas pudieran pasar a atacar y para que la mujer que había agarrado a les indigentes pudiera agarrar desde atrás el cuello de quien había empezado a azotar la cabeza del indigente. No le agarro para detenerle, ni siquiera le agarró con fuerza, simplemente pasó sus manos por su cuello. Después le soltó y llevo sus manos a su cara. Para pasar repetidamente la lengua por sus dedos, sus palmas, nudillos, los recovecos entre los dedos, y los pliegues de la piel. Una vez de abajo hacia arriba en la mano derecha y de arriba hacia abajo en la izquierda y otra vez de arriba hacia abajo en la derecha y de abajo hacia arriba en la izquierda.
Cuando pareció terminar de relamerse las manos agarró la cara de su niña acompañante y le beso en la boca. No fue un choque de bocas ni un piquito saludo como esos que se daban entre sí los y las pokemones por allá antes del 2010. Fue un beso sensual, ardiente y apasionado; de los que traspasan tintes y herpes labiales y que hubiese hecho saltar hasta el techo a cualquier oficina de protección de menores, excepto al SENAME, a esos mafiosos se les hubiese puesto dura la entrepierna con la escena. Al terminar de besarse mujer y niña salvaron el espacio que quedaba hasta la intersección de Romero. Ahí se quedaron, cada una en uno de los dos extremos de Sotomayor, justo en medio de la calle para escupirle a la gente que pasaba por su lado. Espero que cuando imagineis los escupos que les tiraban a la gente penséis en algo asqueroso, flemoso y consistente; como la peor congestión que se les haya alojado alguna vez en la garganta, de esas que pintan para antibiótico. Quisiera evitar entrar en detalles específicos de esta saliva o de lo que me producía mirarla ya que su solo recuerdo me estremece el cuerpo de pies a cabeza, apretándome la laringe en una arcada que amenaza con devolver todo lo bebido, conténtense con saber que era inquietante y de un cristalino color que brillaba en su trayectoria de la boca al cuerpo.
Las personas no daban mayor muestra de haberse dado cuenta de que les escupieron encima y la saliva, super visible en su vuelo hacia estas, al caer en ropa o piel parecía no dejar manchas en las superficies en las que se adhería como si fueran rápidamente absorbidas por los cuerpos de quienes las recibían. Sin embargo esto no implicaba que no hubiese reacción alguna al ser escupidos. La gente que pasaba corriendo de un extremo al otro por la calle o que estaba detenido en la vereda enfrascado en algún particular acto de destrucción contra la infraestructura pública, al recibir el salivazo, paraban de golpe de golpe su actividad, se giraban y emprendían rumbo hacia el y la indigente y las 3 personas que se habían quedado aporreandoles. No toda la gente iba embestida a seguir linchando al weon y la chiquilla en situación de calle, de hecho las primeras personas que llegaron allá se pusieron entre les indigentes y los 3 que les estaban pegando. No obstante en ningún caso significó eso un alto en los golpes. La gente repelía y agredía a patadas voladoras, puñetazos giratorios, cabezazos a las rodillas y costillazos a los codos; mientras seguían confluyendo en manada todas las personas escupidas cercanas a la intersección de Romero, aumentando exponencialmente el número de participantes del enfrentamiento. Lo más curioso de todo es que parecía que la gente iba de cabeza al enfrentamiento sin una mayor consideración por su integridad personal o la integridad de otra persona, también era muy notable que todes entraban el conflicto decididamente a golpear a alguien; de hecho particularmente llamó mi atención una persona que iba hacia una de las barricadas con un basurero en la mano (con la intención de tirarlo al fuego supongo), aun así al pasar al lado de la niña y ser escupido por esta fue rápidamente al tumulto cada vez mayor a abrirse paso entre las personas moviendo enérgicamente de un lado para otro el basurero.
En todo este momento yo me encontraba un poco más apartado. Me había quedado más cercano a la Alameda después de mi contribución a bloquear la entrada de la calle, dicha acción me había dejado exhausto y había ido penetrando lentamente por Sotomayor contemplando esta dantesca escena que iba desarrollándose enfrente mío. Cuando la gente empezó a entrar de golpe a pelear entorno a les indigentes. Estaba apunto de retirarme, pensando ya que no valía la pena quedarse a ver tan morboso espectáculo, cuando vi una imagen que me llamó la atención y me obligó a acercarme aun más. Aunque en realidad no estoy seguro si me hubiese podido ir si hubiese querido, raro pero sentía como si una fuerza más allá del cansancio me retuviera con los pies clavados en donde los tenía, a excepción de seguir avanzando lentamente hacia adelante. Veía como las dos tipas le escupían a la gente, veía como esta gente entraba a tropezones a pelear y vi a unas personas que sin embargo entraban sin apuro y sin pelear al epicentro de violencia. Alcance a ver que eran 4 mujeres que entraban directamente al centro de todo aquello evitando todo daño, parecían fluir entre las personas como el agua que fluye entre los dedos de la mano.
Dominado por la curiosidad asesina de todos los gatos me fui acercando cada vez más a esas extrañas mujeres. Llegue a una cercanía alarmante de la pelea, pasado el punto de las dos escupidoras, un lugar donde si no me andaba con cuidado sería absorbido por la batalla. En esa posición cerca pude ver mejor a la masa de combatientes que iban y venían moviéndose como marea; vi que al fondo de esta botados en el piso yacían la chiquilla y el weon indigentes sin moverse; que las cuatro mujeres llegaban donde ellos a arrancarles pedazos de ropa que todavía les quedaba en el cuerpo; vi como se devolvían pasando nuevamente en la marejada de luchadores; vi que en realidad no fluían como agua exactamente sino que apoyaban suavemente las manos en los y las combatientes, rasgándoles ropa y moviéndoles sin esfuerzo aparente. Vi con horror cómo llegaban al límite de la batalla; cómo salían de esta, sin pena ni gloria, cada una de las cuatro en una de las esquinas que tenía el tumulto, dos hacia el lado de Escala y dos hacia el lado de Romero; vi cómo salían con montones de tela ensangrentada en las manos que levantaban sobre sus cabezas y soltaban al viento, que raudo se apresuraba a hacer volar por sobre quienes aún no participaban de la contienda. Horrorizado y sorprendido vi que quienes eran estas cuatro no eran nada más ni nada menos que las otras dos niñas que habían calmado a la cuica llorando y que las otras dos eran de hecho las otras dos cabras cuicas.
Cuando me di cuenta de esto, la cabra que estaba más cerca mío, me miró y al hacerlo recuerdo haber sentido como se me ponía toda la piel de gallina mientras un escalofrío me bajaba por la espalda. Sin darme cuenta yo cómo, eliminó la distancia que había entre nosotros apareciéndose instantáneamente enfrente mío. Era la misma cuica que había estado llorando cuando le recorrieron las piedras por los costados. Me miró directo a los ojos, unos oscuros ojos sin un rastro de lágrimas en ellos; me sonrió con una sonrisa de blanquísimos y puntiagudos dientes que abarcaban de patilla a patilla toda su cara, como si alguien hubiese tagiado de costado a costado sus mejillas alargando la cavidad de su boca y me tocó la cara. Su mano era inhumanamente helada y en cuanto su piel tocó la mía, apenas un roce de la punta de sus dedos por mi mandíbula, sentí un corrientazo en toda la cara, como esos que te dan cuando te cargas con corriente estática. Después de eso mi memoria se vuelve confusa. Recuerdo la sensación de urgencia, la necesidad de moverse, como cuando trasnochas a punta de mate y te dan las 5 de la mañana pegado al techo. Tengo vagas imágenes de estar golpeando en la cara a una tipa, que alguien me pateara la guata cortándome la respiración y aun así yo haber saltado a seguir pegando. Lo único que tengo claro en ese momento es que en ese momento no podía dejar de pensar en las imágenes violentas que acaba de ver durante ese día: el linchamiento a las indigentes, los piedrazos con los pacos, la misma pelea en la que ahora estaba metido, etc.
No sé cuánto tiempo pasó en realidad hasta que volví en mí. De repente sonó un estruendo. Era de esos nuevos aparatos policiales que habían comprado durante diciembre como equipo anti disturbio, que produce un sonido estridente y agudo que te desorienta. Ese sonido me trajo de nuevo a la situación en la que estaba. Completamente aturdido sí, pero de nuevo dueño de mi mismo. A mí alrededor la gente empezó en rápida sucesión a dispersarse, subiendo por Romero caían bombas lacrimógenas tiñendo el aire rápidamente de un color blanco brillante. Medio cegado y antes de echarme a correr a tontas y a locas por Romero hacia abajo alcancé a ver que en el centro de la intersección de Sotomayor, entre nubes de humo blanco, bailaban 7 personas ajenas a los balazos que los pacos disparaban. Las 3 niñas quinceañeras; la mujer que las acompañaba; las dos cuicas castañas, todas con el pelo flotando al rededor de la cabeza como si se encontraran bajo el agua y las manos manchadas en sangre. Y en el medio de ellas, también bailando y también con el pelo flotando; estaba la rubia apuñalada con unos ojos completamente negros como el carbón, sin una pizca de iris o blanca esclerótica; sobándose la herida del vientre, pasandole la sangre a las otras. Todas en una macabra ronda tomadas de las manchadas manos y riendo con una antinatural sonrisa de afilados colmillos. Al final huí de ahí lo más rápido que pude, no tanto por los pacos y sus lacrimógenas, sino por esta macabra aparición que requirió una botella de 2 litros de tinto y un gramo de marihuana para poder recordar en paz.
No sé cuánto tiempo pasó en realidad hasta que volví en mí. De repente sonó un estruendo. Era de esos nuevos aparatos policiales que habían comprado durante diciembre como equipo anti disturbio, que produce un sonido estridente y agudo que te desorienta. Ese sonido me trajo de nuevo a la situación en la que estaba. Completamente aturdido sí, pero de nuevo dueño de mi mismo. A mí alrededor la gente empezó en rápida sucesión a dispersarse, subiendo por Romero caían bombas lacrimógenas tiñendo el aire rápidamente de un color blanco brillante. Medio cegado y antes de echarme a correr a tontas y a locas por Romero hacia abajo alcancé a ver que en el centro de la intersección de Sotomayor, entre nubes de humo blanco, bailaban 7 personas ajenas a los balazos que los pacos disparaban. Las 3 niñas quinceañeras; la mujer que las acompañaba; las dos cuicas castañas, todas con el pelo flotando al rededor de la cabeza como si se encontraran bajo el agua y las manos manchadas en sangre. Y en el medio de ellas, también bailando y también con el pelo flotando; estaba la rubia apuñalada con unos ojos completamente negros como el carbón, sin una pizca de iris o blanca esclerótica; sobándose la herida del vientre, pasandole la sangre a las otras. Todas en una macabra ronda tomadas de las manchadas manos y riendo con una antinatural sonrisa de afilados colmillos. Al final huí de ahí lo más rápido que pude, no tanto por los pacos y sus lacrimógenas, sino por esta macabra aparición que requirió una botella de 2 litros de tinto y un gramo de marihuana para poder recordar en paz.
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