Escapada de cuarentena

El panorama es complejo, leo en la primera línea de una noticia online sobre la situación actual de la crisis sanitaria. No leo mucho más allá y solo lo hago superficialmente. No es necesario leérselo completamente para que me diga cosas que ya sé: que lejos de estar solucionándose la cosa sigue empeorando. Prefiero ahorrarme el resto para evitar calentarme la cabeza con weas obvias: que las medidas del gobierno no sirvieron para aplanar ni una mierda, que las tomaron pensando más con el bolsillo y que la manipulación de cifras es cosa de cada recuento oficial. Quisiera que fuera noviembre de nuevo, al menos ahí la ira te la sacabas sudando, debo tener el culo plano de tantas horas diarias frente al computador.
La cosa es que ya ni sé qué es lo que me da rabia, si es que es rabia lo que tengo. Me veo girando el cuello con el ceño fruncido y una sensación de disgusto en los oídos hacía mí mamá, donde por vídeo conferencia, con la gente de su trabajo, habla con el estúpido tono de voz con el que creo que se le habla a las guaguas. Creo, porque en verdad cuando yo era chico a mí me hablaba a punta de grito y voz baja corte amenazante. En otro lado está mi papá, con él nunca logro estar cómodo en el mismo lugar. Si él sale a la terraza a fumar, yo apuro rápido las últimas quemas del tabaco para volver a entrar, o lo apago a la mitad y vuelvo a entrar, o no salgo a fumar si es que ya está fumando él. Pienso que se me cruzan de maneras contrarias en la psiquis por los polos opuestos que representan al recordar mi niñez.
Cuando yo era chico ambes trabajan y ambes se repartían (de manera equitativa presumo) las responsabilidades familiares. Sin embargo, como estas últimas eran tantas y ambes trabajaban, generalmente dejaban por completo un ámbito de la vida familiar al otre. Así mi mamá se hacía cargo de disciplinarme, llevarme al doctor y ver las cuentas de la casa. Por su parte mi papá veía el aseo de la casa, llevarme al colegio y las relaciones que como familia manteníamos con la sociedad (es decir ir a reuniones de apoderados, llamar familiares, invitar conocides, etc...). Lo que quiero decir con esto son dos cosas. La primera es que no siento que la distinción de roles en mi hogar hubiese sido típicamente patriarcal, sin que por ello dejara de ser patriarcal. La segunda es que en mi niñez pasaba una considerable cantidad de tiempo con mi madre, quien en la mayoría de ese tiempo estaba enojada, y una diminuta parte del tiempo con mi padre, quien en la mayoría de ese tiempo estaba apurado por tener que ir a hacer otra cosa. Por eso creo que ahora cuando se me cruzan en el encierro me molestan de maneras idénticamente opuestas. A mi mamá la puedo tener sentada al lado mío en tanto no me hable, ya que al hacerlo se me eriza la piel y mi conciencia se desprende un poco de lo que me dice para contestarle en piloto automático. En tanto a mi papá no puedo tenerlo al lado mío en tanto este callado, ya que me pongo inquieto y mi mente se vuelve muy consciente de todo lo que le intento decir.
El punto es que con la cuarentena están encerrades aquí conmigo. Donde se me cruzan siempre, y ella me habla y él no. Y así no puedo hacer las cosas que debo. No puedo lavar la loza si mi papá está ahí en la cocina haciéndose su almuerzo; no puedo estudiar si mi mamá está al lado trabajando; no puedo estar en esta pandemia con elles y era. La única que siento que no molesta es mi hermana, quien desde que se tragó esa tracalada de pastillas pareciera como si no estuviera. Va por la casa sin hacer ruido, como brisa abriendo puertas a las 3 de la mañana. Va seguida de nuestra perra tuerta, que ya no deja que nadie le acaricie o tome en brazos y que duerme sola en la en la pieza de mi hermana rompiendo en llanto a altas horas de la noche. Mi hermana está super pálida hoy en día, yo le tiro la talla que con tanto encierro dejo de producir melanina y que cuando por fin salga al sol se va a prender en llamas cual nosferatu.
Con todo esto solo hay dos momentos en los que estoy en relativa paz. Cuando me escondo en los 4,5 metros cuadrados de mi pieza, para tirarme en la cama, que es lo único que alcanzo a hacer en ese espacio; y cuando leo algún libro o novela. En estos tiempos de pandemia ha sido la única manera que he encontrado para evadirme del encierro. Qué importa si hay un virus mortal en el aire matando abuelitxs, si yo puedo volar por los cielos a lomos de un dragón azul. Qué me tienen que calentar la cabeza las perversiones de este gobierno incompetente si con 28 cm de madera puede hacerle frente al fascista más poderoso de todos los tiempos y al gobierno negacionista  empeñado en desconocer su actuar violento. Con solo abrir mis ojos y pasar mi vista por cada grafema me sumerjo en mil y una noche de historias fantásticas. Y así estoy en el Bar del Águila Negra, en una indeterminada ciudad de la Europa de entre guerras, aspirando cocaína y bebiendo vino con Harry Heller mientras hablamos lo decadente de lo humano; paso 7 días con un shofar en la mano dando vueltas a Jericó para ver como caen los muros de la ciudad a mi soplido; atisbo la batalla de los 5 ejércitos y la de la puerta negra, así como el asedio a Gondolin y el cambio del mundo que hundió Númenor; conspiro con Dua contra Odeen, Tritt y todos los duros solo para darme cuenta que al final yo soy Eastwald.
En fin, los ejemplos podrían ser infinitos. La cosa es que me hundo entre tinta y papel en un torbellino de palabras e imágenes. Signos y significados pasan tan velozmente sobre mí que no me doy cuenta del salto de aguantar la respiración por la emoción a dejar de respirar por la falta de aire, del momento en que el nudo en el estómago es por la caída vertiginosa y no por la emoción contenida. Caigo como siempre me imagine que debió de caer el serafín Luzbel al ser expulsado del cielo, con una potencia ininteligible; ya sea porque la fuerza de desplazamiento va demasiado intencionada a desalojar la altura, o en sentido contrario, demasiado ansiosa por rellenar la bajeza. Caí con rudeza y contundencia en el duro suelo de una enorme cueva y si bien el golpe no me mato, tampoco fue una caricia. Curiosamente el golpe no me desparramo como una mancha de sangre en la superficie, aunque sí me dejo tetrapléjico. En vez de reventarme como a cualquier saco de líquidos (lo que básicamente es el cuerpo humano) el impacto retumbo en todo mi ser, entumeciéndome las extremidades y fosilizándome el cuerpo.
Al rededor mío, en la gran cueva, hay una enorme cabra, del tamaño de un elefante pequeño; de perlados y largos cuernos, que se le enroscan y bajan por la quijada; tiene una larga cuerda negra enrollada en el cuello, un dorado y rizado pelaje y unas ubres rojas como el deseo e hinchadas como la abstinencia. A su lado y de pie hay una grandiosa mujer en labor de parto. Grandiosa es un maravilloso juego de palabras, pues me parece el adjetivo perfecto para describirla, porque ella es divina y grande al mismo tiempo, al punto que reduce la llamativa cabra a su lado a una simple y ordinaria cabra común por fenómeno de oposición. Más allá del alumbramiento, a la entrada de la monumental cueva, hay 9 hombres de espalda al interior de esta. Llevan unas relucientes armaduras de color rojizo brillante, como el cobre bruñido, y unos yelmos a juego rematados con penachos verdes y azules (cual plumas del pavo real). En perfecta formación están en silencio con sus manos reposando en tambores, platillos, silbatos, trompetas y otros instrumentos igual de estridentes.
De repente la grandiosa mujer suelta un último alarido y de su dilatada vagina cae una guagua gigantesca (del tamaño de una persona adulta). Esta en plena caída libre se suelta a llorar. Al hacerlo, fuera de la cueva empieza una tormenta como nunca he visto en mi vida, con rápidas sucesiones de rayos no muy lejanos, ya que el mismo suelo retumba a cada impacto. Al mismo tiempo los 9 hombres a la entrada empiezan a gritar y bailar, saltar y cantar, aplaudir y tocar.  Rápidamente la madre se inclina a atrapar al neonato antes de que caiga al piso y poniéndoselo, con una mano, en su pecho, para amamantarlo; mientras que con la otra se dedica a sacar la negra cuerda del cuello de la cabra para colgarla del techo. A fuera la tormenta ha terminado, pero los 9 hombres siguen con su estruendo y la madre amarra a su cría con la cuerda negra, dejándola colgada del techo sin que llegue a tocar el piso o las paredes con su cuerpo. Deja enchufada a la guagua a la ubre de la cabra, para que siga amamantando. Lo último que hace antes de pasar por los 9 hombres y salir de la cueva es tomarme con una de sus manos. Yo inmovilizado me veo envuelto y en redado en capas de sábanas mientras soy llevado por ella.
Cuando era niño lo que más me gustaba leer eran los mitos griegos. Capturaban mi imaginación las mitológicas bestias a las que se enfrentaban los semidioses y añoraba con hacerme con una de las mil herramientas mágicas con las que superaban sus combates. De ellos mi favorito y a quien más representaba en mis solitarios delirios que componían mis juegos infantiles era Heracles. Me fascinaba la fuerza divina que poseía y admiraba el agudo ingenio que demostraba, ambas cualidades igual de útiles en sus múltiples aventuras. Envidiaba como se había vestido con la piel del León de Nemea, haciéndose invulnerable a los ataques y me sorprendía como había utilizado la cabeza inmortal de la Hidra como carcaj para envenenar sus flechas. Sin embargo, lo que más me gustaba de él eran sus ataques de ira. La ira era el defecto fatídico de Heracles y por lo tanto su motor como personaje. Se supone que era famoso por episodios rabiosos de una violencia tal que olvidaba brevemente todo y se transformaba en simple y llana destrucción. Era así como había terminado asesinando a su familia y embarcándose en las diversas aventuras que le harían ganar un lugar en el Olimpo. Para un niño hostigado por el acoso escolar en el colegio y la violencia intrafamiliar en el hogar aquella perspectiva era simplemente hermosa. Soñaba con la posibilidad de simplemente soltarme de la moral y sumergirme en la rabia y al hacerlo hallar una fuerza superior para poder vengar toda mi pena, reventando así a mis hostigadores y teniendo que escapar a vivir aventuras por el crimen cometido.
Cuando crecí un poco y me volví un adolescente la mitología griega siguió siendo mi favorita, sin embargo, fue la titanomaquía lo que más capturaba mi imaginación y no las epopeyas trágicas de los héroes. Básicamente la titanomaquía, o guerra contra los titanes, fue un conflicto celestial que involucro a las divinidades titánicas contra sus descendientes las divinidades olímpicas por el control del cosmos. Este enfrentamiento tenía muchas aristas literarias que me parecían interesantes. Es la culminación metanarrativa de la teogonía de Hesíodo. Son hijes quienes, ayudados por su madre; se enfrentan a su padre, por haberles encerrado en un vientre; les hijes cercenan al padre, cuya sangre al tocar la fértil tierra produce horribles monstruos; al final les hijes se hacen con el trono de su padre y terminan instaurando una tiranía igual a la que derrocaron. Al final dicha guerra estaba condenada a pasar ya que el padre destronado le vaticina al hijo usurpador que su destino es que le arrebaten el trono de la misma manera que él lo hizo. Siempre he pensado que dicho relato contiene una gran verdad del mundo: que les jóvenes le quitarán el mundo a sus predecesores por considerar que están arruinando el mundo que a su muerte heredaran.
Mi parte favorita de toda la titanomaquía era el inicio. No solo porque era el punto de unión entre la historia anterior y esta sino porque era donde se relataba el nacimiento de Zeus. El cabronazo y violador rey de los dioses había sido dado a luz en secreto y reemplazado por una piedra para que esta fuera devorada por su padre en su lugar, destino el cual habían sufrido sus hermanos y hermanas mayores.
La gigantesca mujer caminaba hacía otro gigante. Aunque en este momento era evidente que pertenecían a la misma raza no podían ser más diferentes. Eran grandes, sí y con forma humanoide, también. Pero mientras que ella era hermosa, él era horrible. Ella tiene pelo y vellos corporales y guardaba las proporciones y la armonía natural de la figura humana, pareciendo simplemente una persona de gigantesca altura. Él era grotesco con un cuello que ocupaba tres cuartas partes de sus hombros y una cabeza del mismo grosor salvo por la mandíbula que sobresalía más allá de los limites de sus pómulos, abarcando el mismo grosor que sus hombros, y por la cual se veían filas y filas de colmillos. No eran ni siquiera dientes sino filosas puntas de color amarillo que recorrían su boca sin ningún orden. En ciertos momentos discurrían tres filas de puntas chuecas que confluían en dos, cinco o una. No tenía pelo ni vello, tampoco nariz u orejas, en su lugar estaban los orificios craneales (fosas nasales y oídos) directamente injertados sobre su cabeza dándoles una perspectiva ridículamente pequeña para tamaña bestia. Eso sí, tenía unos ojos enormes, sin pestañas y sin cejas, que ocupaban en total un tercio de su cara y miraban desorbitadamente y sin pestañear como los locos. Sus brazos eran larguísimos llegando sus manos de cortos y gordos dedos a llegar más allá de sus rodillas. Lo que llamaba la atención de sus manos, eran sus dedos, que no tenían diferenciación alguna ni en largo ni en grosor y la única forma de diferenciar el pulgar era porque salía de un costado de la mano. Su tórax era exageradamente ancho arriba por donde estaban los hombros y extremadamente delgado abajo donde estaban sus ingles, como si no tuviese cintura, parecía un trapecio dado vuelta. Sus piernas eran cortas increíblemente cortas para un gigante, pero demasiado anchas, sobretodo viendo lo delgado que era su lugar de ensamble con el resto del cuerpo. Los pies por el contrario eran largos como los pies de un payaso y si los dedos de su mano eran cortos y gordos estos eran largos, delgados e iguales.
Aun así, los mayores contrastes con la hermosa gigante estaban en los olores y colores de ambo. Algo que atribuyo a la diferencia de higiene que tienen. Ella no va perfumada pero no huele mal, huele como quien después de un día de actividad, no usa desodorante para eliminar su hedor, pero en cambio se lava constantemente con toallas húmedas su cuerpo y usa talco, bicarbonato o limón para evitar la propagación de mal olor. Por lo mismo también ella estaba aseada, incluso después de haber parido no había ni macula de sangre u otro fluido sobre su cuerpo mostrando una lisa piel bronceada, como la de quien va desnuda por la vida bajo el sol. Él en cambio llevaba la piel de un asqueroso color verde enmohecido por la cual le surcaban grietas color gangrena. Tenía manchada la boca de sangre seca y coagulada. El olor por su parte atravesaba las sabanas y la piel haciendo que te ardieran los poros de esta, te soltaba las lágrimas de los ojos cegándote instantáneamente y te cerraba las vías respiratorias produciéndote arcadas y mareo. Era como una mezcla de lacrimógena, vinagre, agua estancada, metano, y carne en descomposición.
Sin embargo, lo peor no era eso. Lo pero era que yo ya sabía lo que me había pasado y lo que estaba por pasar. Mientras que con su mano ella me ofrecía al monstruo ese, pensaba lo irónico que había sido. Él me tomaba y yo me decía que por haberme molestado con mi familia me había querido escapar, como un niño jugando a ser Heracles. Levantándome sobre su cabeza yo me acordaba de cómo había encontrado unos escritos que había impreso en mi adolescencia, que me dispuse a leer para olvidar. Y cuando él abrió su boca comprendí que en esta oportunidad no era ningún bravo luchador de alguna épica batalla, ni ningún gallardo mago enfrentándose al mal, era el maldito Ónfalo. Y había caído a través de una historia, como alguna vez habían caído dos reyes y dos reinas a través de un ropero, como ahora caía yo de su mano a su boca.

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